23 mar. 2009

En defensa del decrecimiento


La visión dominante en las sociedades opulentas sugiere que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males. A su amparo —se nos dice— la cohesión social se asienta, los servicios públicos se mantienen, y el desempleo y la desigualdad no ganan terreno. Sobran las razones para recelar, sin embargo, de todo lo anterior. El crecimiento económico no genera —o no genera necesariamente— cohesión social, provoca agresiones medioambientales en muchos casos irreversibles, propicia el agotamiento de recursos escasos que no estarán a disposición de las generaciones venideras y, en fin, permite el triunfo de un modo de vida esclavo que invita a pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir.
Frente a ello son muchas las razones para contestar el progreso, más aparente que real, que han protagonizado nuestras sociedades durante decenios. Piénsese que en EE.UU., donde la renta per cápita se ha triplicado desde el final de la segunda guerra mundial, desde 1960 se reduce, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos que declaran sentirse satisfechos. En 2005 un 49% de los norteamericanos estimaba que la felicidad se hallaba en retroceso, frente a un 26% que consideraba lo contrario. Muchos expertos concluyen, en suma, que el incremento en la esperanza de vida al nacer registrado en los últimos decenios bien puede estar tocando a su fin en un escenario lastrado por la obesidad, el estrés, la aparición de nuevas enfermedades y la contaminación.
Así las cosas, en los países ricos hay que reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales. Por detrás de esos imperativos despunta un problema central: el de los límites medioambientales y de recursos del planeta. Si es evidente que, en caso de que un individuo extraiga de su capital, y no de sus ingresos, la mayoría de los recursos que emplea, ello conducirá a la quiebra, parece sorprendente que no se emplee el mismo razonamiento a la hora de sopesar lo que las sociedades occidentales están haciendo con los recursos naturales. Para calibrar la hondura del problema, el mejor indicador es la huella ecológica, que mide la superficie del planeta, terrestre como marítima, que precisamos para mantener las actividades económicas. Si en 2004 esa huella lo era de 1,25 planetas Tierra, según muchos pronósticos alcanzará dos Tierras —si ello es imaginable— en 2050. La huella ecológica igualó la biocapacidad del planeta en torno a 1980, y se ha triplicado entre 1960 y 2003.
A buen seguro que no es suficiente, claro, con acometer reducciones en los niveles de producción y de consumo. Es preciso reorganizar nuestras sociedades sobre la base de otros valores que reclamen el triunfo de la vida social, del altruismo y de la redistribución de los recursos frente a la propiedad y al consumo ilimitado. Hay que reivindicar, en paralelo, el ocio frente al trabajo obsesivo, como hay que postular el reparto del trabajo, una vieja práctica sindical que, por desgracia, fue cayendo en el olvido. Otras exigencias ineludibles nos hablan de la necesidad de reducir las dimensiones de las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte, y de primar lo local frente a lo global en un escenario marcado, en suma, por la sobriedad y la simplicidad voluntaria.
Hablando en plata, lo primero que las sociedades opulentas deben tomar en consideración es la conveniencia de cerrar —o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente— muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación y en buena parte de la de la construcción. Los millones de trabajadores que, de resultas, perderían sus empleos deberían encontrar acomodo a través de dos grandes cauces. Si el primero lo aportaría el desarrollo ingente de actividades en los ámbitos relacionados con la satisfacción de las necesidades sociales y medioambientales, el segundo llegaría de la mano del reparto del trabajo en los sectores económicos tradicionales que sobrevivirían. Importa subrayar que en este caso la reducción de la jornada laboral bien podría llevar aparejada, por qué no, reducciones salariales, siempre y cuando éstas, claro, no lo fueran en provecho de los beneficios empresariales. Al fin y al cabo, la ganancia de nivel de vida que se derivaría de trabajar menos, y de disfrutar de mejores servicios sociales y de un entorno más limpio y menos agresivo, se sumaría a la derivada de la asunción plena de la conveniencia de consumir, también, menos, con la consiguiente reducción de necesidades en lo que a ingresos se refiere. No es preciso agregar —parece— que las reducciones salariales que nos ocupan no afectarían, naturalmente, a quienes menos tienen.
El decrecimiento no implicaría, para la mayoría de los habitantes, un deterioro de sus condiciones de vida. Antes bien, debe acarrear mejoras sustanciales como las vinculadas con la redistribución de los recursos, la creación de nuevos sectores, la preservación del medio ambiente, el bienestar de las generaciones futuras, la salud de los ciudadanos, las condiciones del trabajo asalariado o el crecimiento relacional en sociedades en las que el tiempo de trabajo se reducirá sensiblemente. Al margen de lo anterior, conviene subrayar que en el mundo rico se hacen valer elementos —así, la presencia de infraestructuras en muchos ámbitos, la satisfacción de necesidades elementales o el propio decrecimiento de la población— que facilitarían el tránsito a una sociedad distinta. Y es que hay que partir de la certeza de que, si no decrecemos voluntaria y racionalmente, tendremos que hacerlo obligados de resultas del hundimiento, antes o después, de la sinrazón económica y social que padecemos.
Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.

GUÍA BREVE SOBRE DECRECIMIENTO


ANTECEDENTES AL CONCEPTO.

· Tradicionalmente se ha venido utilizando el concepto Desarrollo Sostenible en oposición al concepto Crecimiento aplicado por los analistas ortodoxos.
· La palabra Desarrollo se ha convertido en una palabra tóxica, deshonrada, porque parece que no pone en cuestión el tipo de desarrollo existente, sino que le añade un “componente” ecológico.
· La definición de Desarrollo Sostenible sigue siendo válida sin embargo:
“Es aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”.
Esta definición, tradicionalmente se traduce en:



El uso de los recursos renovables al ritmo de reposición de los mismos.
El uso de recursos no renovables al ritmo de sustitución por recursos alternativos.
La producción de residuos al ritmo de absorción de los mismos por la naturaleza.

POR QUÉ DECRECER.

Decrecer no es una opción, es una necesidad que impone un planeta con recursos limitados cuando hacemos un uso desorbitado de los mismos.

La alternativa es decrecer de forma sostenida, continua, progresiva, constante, ordenada, consensuada, controlada, dirigida, bien gobernada o decrecer de forma traumática, desordenada, brusca, convulsa, ingobernable.

Todos los estudios científicos confirman el agotamiento de recursos

o Energéticos: combustibles fósiles…
o Materias primas: aluminio, cobre, azufre,…
o Y la desproporcionada generación de residuos, mucho mas allá de los que la naturaleza puede absorber, tanto en residuos orgánicos como inorgánicos, químicos,….

El crecimiento actual incrementa los problemas ya evidenciados de dificultad de acceso al agua para millones de personas, deforestación, desertificación,….

El modelo de crecimiento además provoca una desigualdad social cada día mas agudizada. La distancia entre pobres y ricos se ha multiplicado. El número de excluidos aumenta al mismo ritmo al que la riqueza se acumula cada vez en menos manos.

DECRECER ES:
Aprender a vivir mejor con menos.
Pasar de una cultura de guerra con el territorio y el conjunto de los seres vivos a una cultura de paz que permita construir otra forma de estar en el mundo.
Consumir menos, vivir mas sencillamente, ganar autosuficiencia.
Reivindicar la lentitud en oposición a un mundo construido sobre el consumo compulsivo del tiempo.
Localizar los intercambios, prescindir de las mercancías que han viajado cientos de kilómetros, prescindir de los intermediarios, optar por el consumo local y la autoproducción.
El decrecimiento se expresa en :

· Menor gasto de energía.
· Menor consumo de materias primas.
· Menor ocupación del territorio.
· Menor generación de residuos:
o Contaminación atmosférica.
o Contaminación agua.
o Contaminación tierra.

Lo que los teóricos del decrecimiento llaman economía sana o decrecimiento sostenible se basaría en el uso de energías renovables (solar, eólica y, en menor grado, biomasa o vegetal e hidráulica) y en una reducción drástica del actual consumo energético, de manera que la energía fósil que actualmente se utiliza quedaría reducida a usos de supervivencia o a usos médicos. Esto implicaría, entre otras cosas, la práctica desaparición del transporte aéreo y de los vehículos con motor de explosión, que serían sustituidos por la marina a vela, la bicicleta, el tren y la tracción animal; el fin de las grandes superficies comerciales, que serían sustituidas por comercios de proximidad y por los mercados; el fin de los productos manufacturados baratos de importación, que serían sustituidos por objetos producidos localmente; el fin de los embalajes actuales, sustituidos por contenedores reutilizables; el fin de la agricultura intensiva, sustituida por la agricultura tradicional de los campesinos; y el paso a una alimentación mayormente vegetariana, que sustituiría a la alimentación cárnica. (Fernández Buey)

DECRECER SUPONE:

Cuestionar y transformar la sociedad.
Desmaterializar la felicidad.
Redescubrir la vida colectiva.
Reconstruir la convivencia.
Fortalecer el compromiso comunitario.
Participar en la autogestión local de la comunidad.


Guillermo Contreras

¿Tendrá el Sur derecho al “Decrecimiento”?


El "decrecimiento" en sí mismo no constituye, en realidad, una alternativa concreta; es más bien la matriz que posibilita múltiples alternativas. Se trata entonces de una propuesta necesaria para reabrir los espacios de la inventiva y la creatividad bloqueados por el totalitarismo economicista, desarrollista y progresista. Atribuir a quienes plantean esta propuesta el proyecto de un "decrecimiento ciego", es decir, de un crecimiento negativo sin cuestionamiento del sistema, y suponer, como hacen ciertos "alter-economistas", que desean impedir a los 1 países del Sur resolver sus problemas, participa de la sordera si no de la mala fe.
Tanto en el Norte como en el Sur, el proyecto de construcción de sociedades armónicas autónomas y austeras el implica, hablando con rigor, más un "acrecimiento" -en el mismo sentido un que se habla de ateísmo-, que un "decrecimiento". Se trata precisamente del abandono de una fe y una religión: la de la economía. En consecuencia, hay que desconstruir incansablemente el supuesto del desarrollo.
A pesar de todos sus fracasos, el apego irracional al concepto fetiche de "desarrollo", vaciado de todo contenido y recalificado de mil maneras, traduce esa imposibilidad de romper con el economicismo y, finalmente, con el crecimiento mismo. La paradoja es que, desde sus trincheras, los "alter-economistas" acaban por reconocer todos los estragos del crecimiento, al mismo tiempo que quieren que los países del Sur reciban sus "beneficios". y en el Norte, se limitan a su "desaceleración". Un número creciente de militantes "altermundialistas" empieza a aceptar que el crecimiento que hemos experimentado no es sociológica ni ecológicamente sostenible, deseable, ni durable. Sin embargo, el "decrecimiento" no sería una consigna promisoria y, a falta de haber experimentado el desarrollo, el Sur debería tener derecho a un "tiempo" de ese maldito crecimiento.
Atrapados en la vía muerta de un "ni crecimiento ni 'decrecimiento"', nos resignamos a una problemática "desaceleración del crecimiento" que debería, según la probada práctica de los concilios, poner a todo el mundo de acuerdo sobre un malentendido. Sin embargo, un crecimiento "desacelerado" condena a prohibirse gozar de las bondades de una sociedad armónica, autónoma y austera, ajena al crecimiento, sin preservar por ello el único beneficio de un crecimiento vigoroso injusto y destructivo del medio ambiente, a saber: el empleo.
Si como sostienen algunos, cuestionar la sociedad de crecimiento desespera a Billancourt, no será entonces la recalificación de un desarrollo vaciado de su substrato económico ("un desarrollo sin crecimiento") lo que devuelva esperanza y alegría de vivir a los intoxicados por un crecimiento mortífero.
Para comprender por qué la construcción de una sociedad fuera del crecimiento es tan necesaria y deseable en el Sur como en el Norte, hay que revisar el itinerario de los "objetores de conciencia". El proyecto de una socie- dad autónoma y austera no nació ayer; ha ido tomando forma en la crítica al desarrollo. Desde hace más de cuarenta años, una pequeña "internacional" anti o posdesarrollista analiza y denuncia los estragos del desarrollo, precisamente en el Sur (3). y ese desarrollo, desde la Argelia de Houari Boumediene a la Tanzania de Julius Nyerere, no era sólo capitalista o ultra liberal, sino oficialmente "socialista", "participativo", "endógeno", "self- reliantlautocentrado", "popular y solidario". En muchos casos, era también aplicado o apoyado por organizaciones no gubernamentales (ONG) humanistas. Pese a algunas micro-realizaciones destacables, su quiebra fue masiva y la empresa de lo que debía conducir al "florecimiento de todo el ser humano y de todos los seres humanos" naufragó en la corrupción, la incoherencia y los planes de ajuste estructural, que trans- formaron la pobreza en miseria.
Este problema atañe a las sociedades del Sur en la medida en que están empeñadas en la construcción de economías de crecimiento, a fin de evitar adentrarse aún más en la vía muerta a la que las condena esta aventura. Se trataría, para ellas, si es que aún están a tiempo, de "desdesarrollarse", es decir, de quitar de su camino los obstáculos para florecer de otro modo. No se trata, en ningún modo, de alabar sin matices la economía informal. En primer lugar, porque está claro que el "decreci- miento" del Norte es una condición para el florecimiento de toda forma de alternativa en el Sur. Mientras se con- dena a Etiopía y Somalia, hundidos en el hambre más cruda, a exportar ali- mentos para nuestros animales domés- ticos, mientras engordamos a nuestro ganado para producción de carne con las tortas de soja producidas en los territorios incendiados de la selva ama- zónica, ahogamos todo intento de ver dadera autonomía para el Sur (4).
Atreverse al "decrecimiento" en el Sur, es intentar poner en marcha un movimiento en espiral para entrar en la órbita del círculo virtuoso de las "8 R"; Re evaluar, Reconceptualizar, Reestructurar, Relocalizar, Redistri- buir, Reducir, Reutilizar, Reciclar. Esta espiral introductiva podría organizarse con otras "R", a la vez alternativas y complementarias, como Romper, Reto- mar, Reencontrar, Reintroducir, Recu- perar, etc. Romper con la dependencia económica y cultural del Norte. Reto- mar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización. Reencontrar y rea propiarse de una identidad cultural propia. Reintroducir los productos específicos olvidados o abandonados y los valores "antieconómicos" ligados a su historia. Recuperar las técnicas y los saberes tradicionales.
Si realmente queremos en el Norte manifestar una preocupación de equi- dad más profunda que la sola y necesaria reducción del impacto ecológico, tal vez haya que satisfacer otra deuda cuyo reembolso reclaman a veces los pueblos indígenas: Restituir. La restitución del honor perdido (la del patrimonio saqueado es mucho más problemática) podría consistir en el establecimiento de una asociación de "decrecimiento" con el Sur.
En sentido inverso, mantener, o peor aún, introducir la lógica del crecimiento en el Sur sopretexto de sacarlo de la miseria creada por ese mismo crecimiento no puede sino occidentalizarlo un poco más. Hay en esta propuesta, que parte de un buen sentimiento -querer "construir escuelas. centros asistenciales. redes de agua potable y recuperar una autono- mía alimentaria (5)"-, un etnocentrismo ordinario que es precisamente el del desarrollo. Una de dos: o bien se pregunta a los países interesados qué quieren, a través de sus gobiernos o de las encuestas de una opinión pública manipulada por los medios, y la respuesta no deja lugar a dudas; dentro de esas "necesidades básicas" que el patemalismo occidental les atribuye, ocupan el primer renglón equipos de aire acondicionado, ordenadores portátiles, neveras y sobre todo "coches" (Volkswagen y General Motors prevén la fabricación de tres mi1lones de vehículos por año en China en los próximos años y Peugeot, para no que- darse atrás, procede a gigantescas inversiones...); agreguemos, por supuesto, para la alegría de sus autoridades, centrales nucleares, aviones Rafale y tanques AMX. ..o bien escuchamos el genuino grito de este líder campesino guatemalteco: "Dejen a los pobres tranquilos y no les hablen más de desarrollo" (6).
Todos los líderes de los movimien- tos populares, de Vandana Shiva en India a Emmanuel Ndione en Senegal, lo dicen a su modo. Porque al fin y al cabo, si es de una importancia indiscutible que los países del Sur "recuperen la autonomía alimentaria", quiere decir entonces que ésta se había perdido. En África, hasta los años sesenta, antes de la gran ofensiva del desarrollo, seguía existiendo. ¿No fue acaso el imperia- lismo de la colonización. del desarrollo y de la globalización lo que destruyó esa autosuficiencia y lo que agrava cada día un poco más la dependencia? Antes de ser masivamente con- tarninada por los desechos industriales, el agua, con o sin grifo, era potable. En cuanto a las escuelas y los centros asistenciales, ¿serán instituciones apropiadas para introducir y defender la cultura y la salud? Iván ll1ich mani- festó hace tiempo serias dudas sobre su pertinencia, incluso en el Norte (7). "Lo que seguimos llamando ayuda, -subraya acertadamente el economista iraní Majid Rahnema-, no es más que un gasto destinado a fortalecer las estructuras generadoras de la miseria. Por el contrario, las víctimas expoliadas de sus verdaderos bienes nunca son ayudadas cuando buscan apartarse del sistema productivo globalizado para encontrar alternativas acordes a sus propias aspiraciones" (8).
Por eso, la alternativa al desarrollo, tanto en el Sur como en el Norte, no podría ser un retroceso imposible, ni la imposición de un modelo uniforme de "acrecimiento". Para los excluidos, para los náufragos del desarrollo, no puede tratarse más que de una especie de síntesis de la tradición perdida y la modernidad inaccesible. Fórmula paradójica que resume bien el doble desafío. Podemos apostar por toda la riqueza de la inventiva social para aceptarlo, una vez liberadas la creatividad y la ingeniosidad del corsé economicista y desarrollista. El posdesarrollo, por otra parte, es necesariamente plural. Se trata de la búsqueda a de modos de florecimiento colectivo dentro de los cuales no se privilegiaría un bienestar material destructor del medio ambiente y del vínculo social.
El objetivo de una vida buena se expresa de distintas formas según los contextos. En otros términos, se trata 1 de reconstruir/recuperar nuevas culturas. Si tenemos que ponerle un nombre, ese objetivo puede llamarse umran (florecimiento) como en Ibn Kaldun (9), swadeshi-sarvodaya (mejora de las condiciones sociales de todos) como en Gandhi, bamtaare (estar bien juntos) como en los Tukulor o Fidnaa/Gabbina (brillo de una persona bien alimentada y liberada de toda preocupación) como en los Borana de Etiopía (10). Lo importante es expresar la ruptura con la empresa de destrucción que se perpe- túa bajo la bandera del desarrollo o de la globalización. Esas creaciones originales, cuyos principios de realización podemos encontrar aquí y allá, abren la esperanza de un posdesarrollo. Sin ninguna duda, para aplicar esas políticas de "decrecimiento", hace falta previamente, tanto en el Sur como en el Norte, una verdadera cura de desintoxi- cación colectiva. En efecto, el creci miento ha sido a la vez un virus perverso y una droga. Como escribe, una vez más, Majid Rahnerna: "Para infiltrarse en los espacios vemáculos, el primer Horno aeconomicus adoptó dos métodos que no dejan de recordar, uno a la acción del retroyjrus VIH y el otro a los procedimientos empleados por los trafi- cantes de drogas" (11). Se trata de la destrucción de las defensas inmunoló gicas y la creación de nuevas necesidades. Romper las cadenas de la droga será tanto más difícil por cuanto es del interés de esos traficantes (en este caso la nebulosa de las finnas trasnacionales) mantenemos en la esclavitud. De todas formas, es altamente probable que sea- mos incitados a ello por el impacto salu dable de la necesidad.

SERGE LATOUCHE Publicado en Le Monde Diplomatique-en español- nov 04

Sólo una bala en la recámara



¿Es demasiado tarde? Afirmarlo es hacer que sea cierto. Sugerir que no hay nada que podamos hacer es asegurarse que no se haga nada. Pero incluso un optimista como yo cada vez ve menos signos de esperanza. Un sumario nuevo de la ciencia publicado después del último informe del IPCC sugiere que –casi con un siglo de adelanto- el proceso critico climático puede haber comenzado.
Hace sólo un año el IPCC avisaba que “el hielo marino a final del verano en el Ártico desaparecería casi completamente a finales del siglo XXI… según algunos modelos.”
Pero, como muestra el nuevo informe publicado por el Public Interest Research Centre (PIRC) los científicos climáticos están prediciendo el fin del hielo ártico a finales de verano dentro de entre tres y siete años. La trayectoria del derretimiento se observa en los gráficos como un meteorito cayendo sobre la Tierra.
Olvídate de los pobres osos polares: esto nos atañe a nosotros. Con el hielo desapareciendo, la región se vuelve más oscura, lo que significa que absorbe más calor. Un reciente informe publicado en Geophysical Research Letters muestra que el calentamiento extra provocado por la desaparición del hielo ártico penetra 1.500 metros dentro de tierra firme, cubriendo prácticamente toda la región con una continua capa helada permanente. Esta capa ártica contiene el doble de carbono que toda la atmósfera del planeta. Permanece segura mientras que la superficie permanezca helada. Pero el derretimiento ya ha comenzado. Los geiseres de metano ya se están produciendo en algunos lugares con tanta fuerza que mantienen el agua abierta en los lagos árticos durante el invierno.
El derretimiento de la capa helada permanente no está incorporado en ningún modelo climático global. El calentamiento en el Ártico puede por si mismo hacer que todo el planeta entre en una nueva fase climática. El Clima Medio puede colapsar más rápido y antes de lo que los peores escenarios pronostican.
El discurso de Barack Obama en la cumbre climática de los EEUU la semana pasada fue un impresionante avance. Dijo que, al menos en este asunto, existe un esperanzador cambio profundo en las políticas de los EEUU. Pero mientras que describía un plan realista para acometer el problema que se percibió en la Cumbre de la Tierra de 1992, las medidas que propone están anticuadas. La ciencia ha avanzado desde esas posiciones. Los eventos que la Cumbre de la Tierra y el tratado de Kyoto se suponían debían haber evitado, ya están comenzando. Gracias a las tácticas de Bush padre, Clinton (y Gore) y de Bush hijo, estos programas paulatinos y sensatos del estilo que Obama propone, ya son irrelevantes. Como sugiere el informe del PIRC, los años de sabotaje nos han dejado con una sola bala en la recámara: un programa de choque con un cambio total en la manera de producir energía.
Un estudio del Tynndall Centre muestra que si queremos tener unas posibilidades del 50% de prevenir un aumento de la temperatura de 2º C, las emisiones globales de la producción de energía deben llegar al máximo en 2015 e ir reduciéndose entre un 6 y un 8% al año desde 2020 a 2040, llegando a una completa descarbonización de la economía global poco después de 2050. Incluso este programa solamente funcionaria si algunas de las asunciones optimistas sobre las respuestas de la biosfera son ciertas. Tener unas posibilidades altas de prevenir un aumento de 2º C significa hacer reducciones anuales de más del 8%.
¿Es esto posible? ¿Es aceptable? El informe del Tindall Centre señala que reducciones anuales de más del 1% han “sido asociadas solo con recesiones económicas y revueltas sociales.” Cuando se derrumbó la Unión Soviética, se redujeron un 5% anualmente. Pero sólo se puede responder a esas preguntas si se consideran las alternativas. La trayectoria que Gordon Brown y Barack Obama proponen- una reducción del 80% para 2050- significa una reducción del 2% anual. Este programa según el Tindall Centre, es muy probable que signifique un aumento en la temperatura global de al menos 4 o 5º C. Lo cual se traduce en el colapso de la civilización humana en la mayor parte del planeta, ¿es esto aceptable?
El coste del cambio energético total y de los planes de conservación serian astronómicos y a la velocidad que se debería implementar, improbable. Pero los gobiernos de las naciones ricas ya han puesto en práctica un sistema parecido por otro motivo. Una encuesta de la cadena CNBC sugiere que el gobierno Federal de los EEUU ha gastado 4,2 trillones de US$ en respuesta a la crisis financiera, más del coste total de la II Guerra Mundial teniendo en cuenta la inflación. ¿Queremos ser recordados como la generación que salvo a los bancos y dejó que la biosfera colapsara?
Esto si embargo es contestado por la pensadora estadounidense Sharon Astyk. En un interesante nuevo ensayo, dice que reemplazar la infraestructura energética mundial requiere “un enorme uso de combustibles fósiles”, que se necesitan para manufacturar turbinas eólicas, coches eléctricos, nuevas conexiones a la red, aislamientos, etc. Esto puede que nos haga pasar el punto crítico. Propone en su lugar, pedir a la gente “que haga sacrificios radicales durante un plazo de tiempo corto”, reducir nuestro consumo de energía un 50% con poca asistencia tecnológica, en cinco años. Hay dos problemas: el primero es que todos los intentos anteriores nos enseñan que la abstinencia voluntaria no funciona. Segundo, que una reducción del 10% anual en el consumo energético, mientras que la tecnología no cambie sustancialmente, significa un 10% de reducción anual en el consumo total: una depresión mas honda de lo que nunca hemos experimentado. Ningún sistema político- incluso una monarquía absoluta- podría sobrevivir a un colapso económico de esa escala.
Ella tiene razón sobre los riesgos de un new deal tecnológico verde, pero esos son los riesgos que tenemos que tomar. Sus propuestas se adentran en el reino de la fantasía. Incluso la solución tecnológica que yo apoyo vive en los márgenes distantes de lo posible.
¿Podemos hacerlo? Investiga, revisa las nuevas evidencias. Tengo que admitir que puede que lo hayamos dejado para muy tarde. Pero hay otra pregunta que puedo responder más fácilmente. ¿Nos podemos permitir no hacerlo? No, no podemos.


Por una sociedad de decrecimiento


Este artículo habla de decrecimiento. Para el autor del artículo, el crecimiento económico, lleva en sí mismo el germen del caos. No hay otra solución que el decrecimiento. Parece una utopía, ciertamente, pero el concepto tiene el mérito de llamar la atención sobre algo que se lleva diciendo desde hace cierto tiempo: hay que bajar el pistón. Un desarrollo sin límites nos lleva a la catástrofe. El argumento parte del análisis de la realidad. Los límites del crecimiento están trazados por la misma biosfera: Después de algunas décadas de derroche frenético, parece ser que entramos en la zona de las tormentas en sentido literal y figurado… El desorden climático viene acompañado por las guerras del petróleo, a las que seguirán las guerras por el agua, pero también posibles pandemias, desaparición de especies vegetales y animales esenciales, raíz de catástrofes biogenéticas previsibles. En estas condiciones, la sociedad de crecimiento no es sostenible, ni deseable. Es pues urgente pensar en una sociedad de "decrecimiento" en lo posible serena y amigable".Agustín Arteche
El 14 de febrero de 2002, en Silver Spring, frente a las autoridades estadounidenses de meteorología, George Bush declaraba lo siguiente: El crecimiento es la solución, no es el problema". "El crecimiento es la clave del progreso ecológico, porque provee los recursos que permiten invertir en las tecnologías no contaminantes".En el fondo esta posición "pro-crecimiento" es igualmente compartida por la izquierda, e incluso por muchos alter-mundialistas que consideran que el crecimiento es también la solución del problema social porque crea empleos y favorece una distribución más equitativa.Después de algunas décadas de derroche frenético, parece ser que entramos en la zona de las tormentas en sentido literal y figurado… El desorden climático viene acompañado por las guerras del petróleo, a las que seguirán las guerras por el agua, pero también posibles pandemias, desaparición de especies vegetales y animales esenciales a raíz de catástrofes biogenéticas previsibles.En estas condiciones, la sociedad de crecimiento no es sostenible, ni deseable. Es pues urgente pensar en una sociedad de "decrecimiento" en lo posible serena y amigable.Cabe definir a la sociedad de crecimiento como una sociedad dominada precisamente por una economía de crecimiento, y que tiende a dejarse absorber en ella. El crecimiento por el crecimiento se convierte así en el objetivo primordial, si no el único de la vida. Semejante sociedad no es sostenible, ya que se topa con los límites de la biosfera. Si tomamos como índice del "peso" ambiental de nuestro modo de vida, "su huella" ecológica en superficie terrestre necesaria, obtenemos resultados insostenibles tanto desde el punto de vista de la equidad en los derechos de absorción de la naturaleza como desde el punto de vista de la capacidad de regeneración de la biosfera. Un ciudadano de Estados Unidos consume en promedio 8,6 hectáreas, un canadiense 7,2, un europeo medio 4,5. Estamos muy lejos de la igualdad planetaria y más aún de un modo de civilización duradero que necesitaría restringirse a 1,4 hectáreas, admitiendo que la población actual se mantuviera estable.Para conciliar los dos imperativos contradictorios: el crecimiento y el respeto por el medio ambiente, los expertos piensan encontrar la poción mágica en la "ecoeficiencia" pieza central y a decir verdad única base seria del "desarrollo duradero". Se trata de reducir progresivamente el impacto ecológico y la amplitud de la extracción de los recursos naturales para alcanzar un nivel compatible con la capacidad admitida de carga del planeta.Si nos atenemos a Ivan Illich, la desaparición programada de la sociedad de crecimiento no es necesariamente una mala noticia. "La buena noticia es que, no es necesario evitar los efectos secundarios negativos de algo que en sí mismo sería bueno por lo que tenemos que renunciar a nuestro modo de vida, _ como si tuviéramos que dirimir entre el placer de un plato exquisito y los riesgos aferentes. No. Sucede que el plato es intrínsecamente malo, y que seríamos mucho más felices si nos alejáremos de él. Vivir de otro modo para vivir mejor".La sociedad de crecimiento no es deseable al menos por tres razones: genera un aumento de las desigualdades y las injusticias, crea un bienestar ampliamente ilusorio, y a los mismos "ricos" no les asegura una sociedad amigable sino una anti-sociedad enferma de su riqueza.La elevación del nivel de vida de que creen beneficiarse la mayoría de los ciudadanos del norte es cada vez más una ilusión. Es cierto que gastan más en términos de bienes y servicios comerciales, pero olvidan deducir de ello la elevación superior de los costes. Ésta toma diversas formas, comerciales y no comerciales: degradación de la calidad de vida, padecida aunque no cuantificada (aire, agua, medio ambiente), gastos de "compensación" y reparación (medicamentos, transportes, entretenimientos) que la vida moderna hace necesarios, elevación de los precios de productos que escasean (agua embotellada, energía, espacios vitales…)… Lo que equivale a decir que el crecimiento es un mito, incluso dentro del imaginario de la economía de bienestar, si no de la sociedad de consumo. Porque lo que crece por un lado decrece más fuertemente por el otro.Herman Daly estableció un índice sintético, el Genuine Progress Indicator (GPI), que ajusta el Producto Interior Bruto (PIB) según las pérdidas debidas a la contaminación y degradación del medio ambiente. En el caso de los Estados Unidos, a partir de los años setenta el índice de progreso auténtico se estanca o incluso retrocede, mientras que el PIB aumenta. Lo que equivale a decir que, en esas condiciones, el crecimiento es un mito, porque lo que crece por un lado decrece más fuertemente por el otro. Desgraciadamente todo esto no basta para llevarnos a abandonar el bólido que nos conduce directamente a estrellarnos contra la pared y a embarcarnos en la dirección opuesta.Entendámonos bien. El decrecimiento es una necesidad, no un principio, un ideal, ni el objetivo único de una sociedad del post-desarrollo y de otro mundo posible. La consigna del decrecimiento tiene por objeto sobre todo marcar con fuerza el abandono del objetivo insensato del crecimiento por el crecimiento. En particular, el decrecimiento no es el crecimiento negativo, expresión antinómica y absurda que traduce claramente la hegemonía del imaginario del crecimiento. Literalmente eso querría decir "avanzar retrocediendo".Sabemos que la simple desaceleración del crecimiento hunde a nuestras sociedades en la desesperación a causa del desempleo y el abandono de los programas sociales, culturales y ecológicos que aseguran un mínimo de calidad de vida. ¡Podemos imaginar la catástrofe que sería una tasa de crecimiento negativo! Así como no hay nada peor que una sociedad de trabajo sin trabajo, no hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento.Una política de decrecimiento podría consistir en primer lugar en reducir o incluso suprimir el peso sobre el medio ambiente de las cargas que no aportan ninguna satisfacción. El cuestionamiento del importante volumen de los desplazados de hombres y mercancías por el planeta con el correspondiente impacto negativo, el no menos importante de la publicidad aturdidora y muchas veces nefasta, así como de la caducidad acelerada de los productos y aparatos desechables sin otra justificación que la de hacer girar cada vez más rápido la mega-máquina infernal, constituyen importantes reservas de decrecimiento en el consumo material. Así entendido, el decrecimiento no significa necesariamente una regresión de bienestar.Para concebir una sociedad serena de decrecimiento y acceder a ella, hay que salir literalmente de la economía. Esto significa cuestionar la hegemonía de la economía sobre el resto de la vida en la teoría y en la práctica, pero sobre todo dentro de nuestras cabezas. Una condición previa es la feroz reducción del tiempo de trabajo impuesto para asegurar a todos un empleo satisfactorio. Ya en 1981, Jacques Ellul, uno de los primeros pensadores de una sociedad de decrecimiento, fijaba como objetivo para el trabajo no más de dos horas por día. Inspirándonos en la carta "Consumos y estilos de vida propuesta en el Foro de las Organizaciones No Gubernamentales de Río, podemos sintetizar todo esto en un programa de seis "R": Reevaluar, Reestructurar, Redistribuir, Reducir, Reutilizar, Reciclar. Esos seis objetivos interdependientes ponen en marcha un círculo virtuoso de decrecimiento sereno, amigable y sustentable. Podríamos incluso alargar la lista de las "R" con: reeducar, reconvertir, redefinir, remodelar, repensar, etc., y por supuesto relocalizar, pero todas esas "R" están más o menos incluidas en las seis primeras.Vemos enseguida cuáles son los valores que hay que priorizar y que deberían prevalecer sobre los valores dominantes actuales. El altruismo debería anteponerse al egoísmo, la cooperación a la competencia desenfrenada, el placer del ocio a la obsesión por el trabajo, la importancia de la vida social al consumo ilimitado, el gusto por el trabajo bien hecho a la eficiencia productiva, lo razonable a lo racional, etc. El problema es que los valores actuales son sistémicos. Esto significa que son suscitados y estimulados por el sistema y contribuyen a su vez a fortalecerlo. Por cierto, la elección de una ética personal diferente, como la sencillez voluntaria, puede modificar la tendencia y socavar las bases imaginarias del sistema, pero sin un cuestionamiento radical del mismo, el cambio corre el riesgo de ser limitado.La limitación drástica de los ataques al medio ambiente y por ende de la producción de valores de cambio incorporados a soportes materiales físicos no implica necesariamente una limitación de la producción de valores de uso a través de productos inmateriales. Al menos en parte, éstos pueden conservar una forma comercial.Así y todo, si bien el mercado y la ganancia pueden persistir como incitadores, ya no pueden ser los fundamentos del sistema. Podemos concebir medidas progresivas que constituyan etapas, pero es imposible decir si serán aceptadas pasivamente por los "privilegiados" que serían sus víctimas, ni por las actuales víctimas del sistema, que están mental o físicamente drogadas por él. Mientras tanto la inquietante canícula de 2003 en el sudoeste europeo hizo mucho más que todos nuestros argumentos para convencer de la necesidad de orientarse hacia una sociedad de decrecimiento. Así, para realizar la necesaria descolonización del imaginario, podemos contar muy ampliamente en el futuro con la pedagogía de las catástrofes.

Serge Latouche [Le Monde Diplomatique, Noviembre 2003]

Objeción al crecimiento


Artículo aparecido en la Vanguardia, edición digital. Viernes 16-03-2007

Entrevista a Serge Latouche, profesor emérito de Economía en la Universidad París-XI. Se confiesa defensor del decrecimiento, y da argumentos plausibles y faciles de comprender que creo de interés para comprender nuestra situación y poder rebatir a los "Crecimientos Sostenibles" tan de moda últimamente.
Curioso que este tipo de opiniones se vuelquen ya en un diario de tirada nacional y de la importancia de La Vanguardia: "¡Necesitaremos treinta planetas como éste!"

- Tengo 67 años, nací en Vannes y vivo en París. Soy profesor emérito de Economía en la Universidad París-XI. Estoy casado y tengo tres hijos y cuatro nietos. ¿Política? Alternativa, abogo por un cambio de modelo: ¡soy un objetor del crecimiento!Soy agnóstico. El actual crecimiento económico es insostenible: hay que frenarlo y decrecer
- ¿Se define usted como objetor del crecimiento?
- Sí. Yo objeto contra la imperante religión del crecimiento económico. Se venera el crecimiento como fin en sí mismo, se persigue siempre crecer por crecer. ¡Es algo irracional y suicida!
- Yo creía que crecer era bueno.
- ¿Sí? En Europa, el producto interior bruto en 200 años se ha multiplicado por treinta. Y pregunto: ¿somos hoy treinta veces más felices?
- Entendido.
- Consumimos 20 o 30 veces más, ¡eso sí! La lógica imperante es: ¡más, más, siempre más! Eso nos conduce a una colosal presión sobre los recursos naturales, a agotarlos.
¿Y a qué ritmo crecemos hoy?
- El crecimiento económico europeo, según el PIB, es de un 2% cada año. - No parece tanto...
- Crecer un 2% anual sobre la ya altísima cota de producción y consumo europea ¡es muchísimo! Los recursos son limitados.
- Explotaremos más bolsas de petróleo.
- Queda menos petróleo cada día. Y su explotación es cada día más costosa. Dentro de unos quince años, un barril costará 400 dólares: ¡eso hará inviable la aviación civil!
- Hallaremos nuevas fuentes de energía.
- Los científicos no son tan optimistas al respecto. Por hoy, producir un kilo de carne de vaca europea exige ¡seis litros de petróleo!
- ¿Cómo calcula eso?
- Sume el petróleo necesario para fabricar piensos, abonos, para mover tractores y la industria agroalimentaria del ramo, y el matadero, el transporte de la carne...
- Entonces la carne se encarecerá...
- Además, esas vacas son viables porque fuera de Europa se usan territorios - para cultivar sojas y otros forrajes para sus piensos- cuya superficie equivale a ¡siete veces la de Europa! A cambio, les exportamos residuos.
- Carne por mierda.
- ¡Un 20% de los habitantes del planeta consume un 86% de los recursos del planeta! Y en la cúspide estamos la llamada clase consumidora mundial: 600 millones de personas (cifra que coincide con los automóviles que circulan en la Tierra), distribuidas así: 300 millones en Europa, 200 millones en EE. UU. y 100 millones en Japón y China.
- ¡Y todo el resto de la humanidad anhelando entrar también en este club!
- Por eso la única salida sensata es decrecer. ¡Fomentar el crecimiento es insensato, sólo conduce a la debacle global!
- ¿En qué medida cada repunte de crecimiento mina recursos naturales?
- Lo medimos por la llamada impronta ecológica,que consiste en el impacto que nuestro nivel de vida tiene en el espacio bioproductivo de la Tierra.
- ¿Qué entiende por espacio bioproductivo?
- Es el espacio que nos surte de alimentos, energía, recursos: el planeta tiene 51.000 millones de hectáreas, de las que 12.000 millones son bioproductivas. ¡De ellas dependemos todos los habitantes del planeta!
- ¿Qué parte de ese espacio me nutre a mí?
- Dada la actual población de la Tierra, cada uno deberíamos sostenernos con 1,8 hectáreas de ese espacio bioproductivo.
- Dice "deberíamos"... ¿No es así?
- El actual nivel de vida de los españoles: necesita ¡4,5 hectáreas por persona/ año! para sostenerse. Si todos los habitantes del planeta quisieran vivir como los españoles..., ¡harían falta dos planetas y medio!
- ¿Y si quisieran vivir como los franceses?
- Serían necesarios tres planetas.
- ¿Y como los estadounidenses?
- Seis planetas.
- ¡Seis planetas!
- De seguir creciendo al 2% anual, en el año 2050 la humanidad necesitaría ya explotar ¡30 planetas! como la Tierra para sostener tal crecimiento. Ahora consumimos el patrimonio acumulado por la Tierra en miles de años: hoy quemamos en un año lo que la fotosíntesis tardó 100.000 años en producir.
- ¿Qué deberíamos hacer para frenar esto?
- Volver a una impronta ecológica igual a 1 planeta y no más: o sea, sostenernos con 1,8 hectáreas por persona y año.
- Dicte tres medidas para conseguirlo.
- ¿Sólo tres? Bien. Una: optimizar el uso de la energía, pues el grupo de estudiosos Nega-wat en un informe ha demostrado que en Francia podríamos consumir ¡cuatro veces menos energía! con similar rendimiento.
- Dos. - Volver a una agricultura ecológica, con abonos naturales y sin pesticidas, y fomentar el localismo agropecuario. Y tres: dejar de derrochar cada año ¡500.000 millones de dólares en publicidad! Esto por higiene espiritual y material: en papel supone 50 kilos de bosque por persona y año.
- ¿Quiénes son los beneficiario del actual sistema?
- Grandes transnacionales como Monsanto. Y todos nosotros somos a la vez víctimas y verdugos...
- ¿Ha visto la película de Al Gore?
- Sí, y aconsejo verla porque te conciencia. Aunque no analiza la lógica del sistema, no denuncia la lógica perversa del crecimiento. No señala responsabilidades.
- ¿Podemos ser ricos de modo sostenible?
- Si vinculamos riqueza a consumo material, no. Por eso nuestro mayor desafío actual consiste en redefinir la idea de riqueza: entenderla como satisfacción moral, intelectual, estética, como empleo creativo del ocio.
- ¿Y lo lograremos, profesor?
- Lo lograríamos si todos pensásemos como piensa mi amigo el poeta Castoriadis, que siempre me dice: "Yo prefiero adquirir un nuevo amigo a un nuevo coche".

Manifiesto del Red para el Post-Desarrollo


Red de los Objetores de Crecimiento para un Post-Desarrollo : ROCADe

El movimiento que milita por un post-desarrollo ha mantenido hasta hoy un carácter casi clandestino. Sin embargo, en el curso de una historia, ya larga, ha producido una literatura abundante y se encuentra representado en numerosos ámbitos de investigación y de acción por todo el mundo
Nacida en los años 1960, tras la década del desarrollo, de una reflexión crítica sobre las presuposiciones de la economía y el fracaso de las políticas de desarrollo, esa corriente agrupa investigadores y actores sociales, tanto del Norte como del Sur, portadores de análisis y de experiencias innovadoras en el plan económico, social y cultural. A lo largo de los años, se han ido tejiendo vínculos, a menudo informales entre sus diversos componentes, las experiencias y las reflexiones se han alimentado mutuamente. La red para el post-desarrollo se inscribe en el movimiento del INCAD (red internacional para la construcción de una alternativa al desarrollo) y se reconoce plenamente en la declaración del 4 de mayo de 1992. La red pretende continuar y ampliar el trabajo, así, comenzado.
La red sitúa en el centro de su análisis el cuestionamiento radical de la noción de desarrollo. A pesar de las evoluciones formales que ha conocido, la red conserva el punto de ruptura decisivo en el seno del movimiento: la crítica del capitalismo y de la mundialización. Están, por un lado, quienes militan por la problemática “otro” desarrollo (o una no menos problemática “otra” mundialización), y aquellos que, como nosotros, quieren salir del desarrollo y del economismo. A partir de esta crítica, esta corriente procede a una verdadera “deconstrucción” del pensamiento económico. De este modo, son puestas en cuestión las nociones de crecimiento, de pobreza, de necesidades, de ayuda, etc..
Las asociaciones y personas que pertenecen a la presente red se reconocen en esta trayectoria. Después del fracaso del socialismo real y el vergonzoso deslizamiento de la social-democracia hacia el social-liberalismo, pensamos que esos análisis son los únicos capaces de contribuir a una renovación del pensamiento y a la construcción de una verdadera sociedad alternativa a la sociedad de mercado. Cuestionar radicalmente el concepto de desarrollo, es hacer subversión cognitiva, y este es el requisito y la condición de los cambios políticos, sociales y culturales que se imponen.
El momento nos parece favorable para salir de la semi-clandestinidad donde habíamos estado acantonados hasta el presente. El gran éxito del coloquio de la Ligne d’horizont “Défaire le développement-refaire le monde”, realizado en la UNESCO del 28 de febrero al 3 de marzo de 2002, refuerza nuestra convicción y nuestras esperanzas.


Destruir el imaginario desarrollista y descolonizar los espíritus

Frente a la mundialización, que no es más que el triunfo planetario del mercado total, necesitamos concebir y promover una sociedad en la que los valores económicos hayan dejado de ser centrales (o únicos). La economía debe ser puesta en su lugar como simple medio de la vida humana y no como fin último. Debemos renunciar a esta carrera loca hacia un consumo siempre creciente. Esto no es sólo necesario para evitar la destrucción definitiva de las condiciones de vida sobre la tierra, sino también, y sobre todo, para sacar a la humanidad de la miseria psíquica y moral. Se trata de una verdadera descolonización de nuestro imaginario y de una deseconomización de los espíritus necesarias para cambiar verdaderamente el mundo antes que el cambio del mundo nos condene al dolor. Hay que empezar por ver las cosas de otro modo para que puedan convertirse en otras, para que se puedan concebir soluciones verdaderamente originales e innovadoras. Se trata de poner en el centro de la vida humana otras significaciones y otras razones de ser que la expansión de la producción y del consumo.
Las palabras clave de la red, son “resistencia y disidencia”. Resistencia y disidencia con la cabeza, pero también con los pies. Resistencia y disidencia como actitud mental de rechazo y como higiene vital. Resistencia y disidencia como actitud concreta para todas las formas de auto-organización alternativa. Pero esto significa en primer lugar rechazo de la complicidad y la colaboración con esta empresa de descerebración y de destrucción planetaria que constituye la ideología desarrollista.



Espejos y ruinas del desarrollo

La mundialización actual nos muestra lo que ha sido el desarrollo, lo que nosotros no habríamos querido ver jamás. Es el estadio supremo del desarrollo realmente existente al mismo tiempo que la negación de su concepción mítica. Si el desarrollo, en efecto, no ha sido mas que la continuación de la colonización por otros medios, la nueva mundialización, a su vez, no es más que la continuación del desarrollo con otros medios. Conviene, pues, distinguir el desarrollo como mito y el desarrollo como realidad histórica.
Se puede definir el desarrollo realmente existente como una empresa que pretende transformar las relaciones de los hombres entre ellos y con la naturaleza en mercancías. Se trata de explotar, y poner precio, de sacar provecho de los recursos naturales y humanos. Empresa agresiva hacia la naturaleza y hacia los pueblos, es igual que la colonización que la ha precedido y la mundialización que la sigue: una obra a la vez económica y militar de dominación y de conquistas. Es el desarrollo realmente existente, el que domina el planeta desde hace tres siglos, quien engendra la mayor parte de los problemas sociales y medioambientales actuales: exclusión, superpoblación, pobreza, poluciones diversas, etc.
En cuanto al concepto mítico de desarrollo, está atrapado en un dilema: designa todo y su contrario, en particular el conjunto de experiencias históricas de la dinámica cultural de la historia de la humanidad, de la China de los Han al imperio Inca.
En este caso, no designa nada en particular, no hay ninguna significación útil para promover una política y es mejor desembarazarse de él. Si tiene un contenido propio ese contenido designa, necesariamente lo que posee en común con la aventura occidental de despegue de la economía tal como es puesta en escena desde la revolución industrial en Inglaterra en los años 1750-1800. En este caso, cualquiera que sea el adjetivo que se le ponga, el contenido implícito o explícito del desarrollo es el crecimiento económico, la acumulación del capital con todos los efectos positivos y negativos que se conocen. Pues ese núcleo duro que todos los desarrollos tienen en común con dicha experiencia, está ligado a relaciones sociales muy particulares, las del modo de producción capitalista. Los antagonismos de “clase” son ampliamente ocultados por gérmen de “valores” comunes mas o menos compartidos por todos: el progreso, el universalismo, el control de la naturaleza, la racionalidad cuantitativa. Esos valores, sobre los que descansa el desarrollo, y muy especialmente el progreso, no corresponden de ningún modo a aspiraciones universales profundas. Están vinculados a la historia de Occidente, no tienen en cuenta a las otras sociedades. Más allá de los mitos que la fundamentan, la idea de desarrollo está totalmente desprovista de sentido y las prácticas a las que se le vinculan son rigurosamente imposibles por impensables y prohibidas. Estos valores occidentales son precisamente los que se deben poner en cuestión, hoy día, para encontrar una solución a los problemas del mundo contemporáneo y evitar las catástrofes hacia las que nos arrastra la economía mundial. El post-desarrollo es a la vez post-capitalismo y post-modernidad.

Los trajes nuevos del desarrollo

Para intentar conjurar mágicamente los efectos negativos de la empresa desarrollista, se ha entrado en la era de los desarrollos con partícula. Se han visto surgir desarrollos autocentrados, endógenos, participativos, comunitarios, integrados, auténticos, autónomos y populares, equitativos, sostenibles… sin hablar del desarrollo local, del micro-desarrollo, del endo-desarrollo e incluso del ¡etno-desarrollo! Al pegarle un adjetivo al concepto de desarrollo, no se trata verdaderamente de poner en cuestión la acumulación capitalista, como mucho se trata de añadir una pantalla social o un componente ecológico al crecimiento económico como se le ha podido adjuntar una dimensión cultural. Este trabajo de redefinición del desarrollo, tiene siempre que ver, en efecto, con la cultura, la naturaleza y la justicia social. Con todo ello se trata de curar un mal que afecta al desarrollo de manera accidental y no congénita. Se ha creado, incluso, para la ocasión, un monstruo contrapuesto: el mal-desarrollo. Ese monstruo no es más que una quimera pues el mal no puede tocar al desarrollo por la simple razón de que el desarrollo imaginario es por definición la encarnación misma del Bien. El desarrollo bueno es un pleonasmo porque desarrollo significa buen crecimiento, porque el crecimiento es un bien y ninguna fuerza del mal puede prevalecer contra él.

Es el exceso mismo de las pruebas de su carácter benéfico quien desvela mejor la estafa del desarrollo.

Le desarrollo social, el desarrollo humano, el desarrollo local y el desarrollo sostenible no son más que las más recientes de una larga retahíla de innovaciones conceptuales que tratan de hacer entrar un poco de ilusión en la dura realidad del crecimiento económico. Si el desarrollo sobrevive aún a su muerte ¡lo debe sobre todo a sus críticos! Inaugurando la era del desarrollo cualificado (humano, social, etc.), los humanistas canalizan las aspiraciones de las víctimas del desarrollo puro y duro del Norte y del Sur instrumentalizándolas. El desarrollo sostenible es el más bello logro en este arte de rejuvenecimiento de viejas damas. Ilustra perfectamente el procedimiento de eufemización mediante adjetivo que trata de cambiar las palabras por no poder cambiar las cosas. El desarrollo duradero, sustentable o sostenible (sustainable) puesto en escena en la conferencia de Río en junio de 1992, es un bricolaje conceptual; se trata de una monstruosidad verbal por su antinomia mistificadora. Pero, al mismo tiempo, por su éxito universal, da cuenta de la dominación de la ideología desarrollista. Como consecuencia, la cuestión del desarrollo no afecta solamente a los países del Sur, sino también a los del Norte.

Si la retórica pura del desarrollo con la práctica ligada a la expertitocracia voluntarista, ya no sirve, el complejo de creencias escatológicas en una prosperidad material posible para todos y respetuosa del entorno que puede definirse como “el desarrollismo”, permanece intacta. El “desarrollismo” manifiesta la lógica económica con todo su vigor. No hay sitio en este paradigma para el respeto de la naturaleza reclamado por los ecologistas ni para el respeto por el hombre reclamado por los humanistas. El desarrollo realmente existente aparece entonces con toda crudeza y el desarrollo alternativo como un espejo.


Más allá del desarrollo

Hablar de post-desarrollo no es solamente dejar correr la imaginación sobre lo que pueda llegar en caso de implosión del sistema, hacer política ficción o examinar un caso de manual. Es hablar de la situación de aquellos que en la actualidad, en el Norte como en el Sur son excluidos o están en camino de serlo; de todos aquellos para quienes el desarrollo es una ofensa y una injusticia y que son, indudablemente, los más numerosos sobre la superficie de la tierra. El post-desarrollo se esboza ya alrededor de nosotros y se anuncia en la diversidad.
El post-desarrollo, en efecto, es necesariamente plural. Se trata de la búsqueda de modos de florecimiento (épanouissement) colectivo en los que no se privilegiará un bienestar material destructor del medio y de los vínculos sociales. El objetivo de la buena vida se articula de múltiples formas según los contextos. En otras palabras, se trata de reconstruir nuevas culturas. Este objetivo puede llamarse l’umran (florecimiento) como en Ibn Kaldûn, seadeshi-sarvodaya (mejora de las condiciones sociales de todos) como en Gandhi, o bamtaare (estar bien juntos) como en los Toucouleurs, o de otras formas. Lo importante es señalar la ruptura con la empresa de destrucción que se perpetúa bajo el nombre de desarrollo o el de mundialización en la actualidad. Para los excluidos, para los náufragos del desarrollo, no puede tratarse más que de una especie de síntesis entre la tradición perdida y la modernidad inaccesible. Esas creaciones originales, de las que podemos encontrar aquí o allí los comienzos de realización, abren la esperanza de un post-desarrollo. Es necesario pensar y actuar a la vez global y localmente. Sólo en la fecundación mutua de las dos aproximaciones se puede intentar superar el obstáculo de la falta de perspectivas inmediatas. Proponer el decrecimiento como uno de los objetivos globales urgentes e identificables hoy día y poner en marcha localmente las alternativas concretas, son perspectivas complementarias.

Decrecer y embellecer

El decrecimiento deberá ser organizado no solamente para preservar el medio, sino también para restaurar, al menos, el mínimo de justicia social sin la que el planeta está condenado a la explosión. Supervivencia social y supervivencia biológica parecen, así, estrechamente ligadas. Los límites del patrimonio natural no ponen solamente un problema de equidad intergeneracional en la distribución de lo disponible sino un problema de justa repartición entre los miembros actualmente vivos de la humanidad.
El decrecimiento no significa inmovilismo conservador. La mayor parte de las sabidurías consideran que la felicidad se alcanza con la satisfacción de un número juiciosamente limitado de necesidades. La evolución y el crecimiento lento de las sociedades antiguas se integran en una reproducción ampliada y atemperada, más o menos adaptada a las constricciones naturales.
Instalar el decrecimiento significa, en otros términos, renunciar al imaginario económico, es decir, a la creencia de que más es igual a mejor. El bien y la felicidad pueden conseguirse a menor coste. Redescubrir la verdadera riqueza en el florecimiento de relaciones sociales de convivencia en un mundo sano puede realizarse con serenidad en la frugalidad, la sobriedad, la simplicidad voluntaria, es decir, en una cierta austeridad de consumo material. Un decrecimiento aceptado y bien pensado no impone ninguna limitación en el consumo de sentimientos y en la producción de una vida festiva.
El clave del decrecimiento tiene, sobre todo, por objeto marcar sólidamente el abandono del objetivo insensato del crecimiento por el crecimiento, objetivo en el que el motor no es otro que la búsqueda desenfrenada del provecho para los detentadores del capital. Evidentemente, no se trata de la inversión caricaturesca que consistiría en predicar el decrecimiento por el decrecimiento. En particular, el decrecimiento no es el crecimiento negativo. Se sabe que la simple ralentización del crecimiento sumerge a nuestras sociedades en confusión en razón del paro y del abandono de los programas sociales, culturales y medioambientales que aseguran un mínimo de calidad de vida. ¡Se puede imaginar qué catástrofe sería una tasa de crecimiento negativo! Lo mismo que no hay nada peor que una sociedad trabajadora sin trabajo, no hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento.
El decrecimiento no se contempla, pues, mas que a condición de salir de la economía de crecimiento y entrar en una “sociedad” de decrecimiento”. Ello supone una organización diferente en la que se valora el ocio en lugar del trabajo, donde las relaciones sociales priman sobre la producción y el consumo de productos desechables, inútiles, léase nocivos. Una reducción radical del tiempo de trabajo, impuesta para asegurar a todos un empleo satisfactorio es condición previa. Es posible, inspirándose en el título “Consumo y estilos de vida” propuesta por el Forum de las ONG de Río, sintetizar todo ello en un programa de seis “R”: Reevaluar, Reestructurar, Redistribuir, Reducir, Reutilizar, Reciclar. Estos seis objetivos interdependientes, trazan un círculo virtuoso de decrecimiento convivencial y sostenible. Reevaluar, significa revisar los valores en los que creemos y sobre los que organizamos nuestra vida y cambiar aquellos que deben ser cambiados. Reestructurar, significa adaptar el aparato de producción y las relaciones sociales en función del cambio de valores. Redistribuir trata de la repartición de las riquezas y del acceso al patrimonio natural. Reducir quiere decir disminuir el impacto sobre la biosfera de nuestros modos de producir y de consumir para reutilizar, en lugar de tirar, los aparatos y los bienes de uso y, desde luego, reciclar los desechos incomprensibles de nuestra actividad. Si bien se impone un cuestionamiento radical de los valores de la modernidad, ello no implica necesariamente el rechazo de toda ciencia ni el rechazo de toda técnica.
No renegamos de nuestra pertenencia a Occidente donde el sueño progresista nos asedia. De todas formas, aspiramos a una mejora de la calidad de vida y no a un crecimiento ilimitado del PIB. Reclamamos la belleza de los pueblos y de los paisajes, la pureza de las capas freáticas y el acceso al agua potable, la transparencia de los ríos y la salud de los océanos. Exigimos la mejora del aire que respiramos, el sabor de los alimentos que comemos. Hay todavía muchos “progresos” por hacer para luchar contra la invasión del ruido, para incrementar los espacios verdes, para preservar la fauna y la flora salvaje, para salvar el patrimonio natural y cultural de la humanidad, por no hablar de los “progresos” a realizar en la democracia. La realización de este programa participa de una cierta ideología del progreso y supone el recurso a técnicas sofisticadas de las que la mayor parte están aún por inventar. Sería injusto tacharnos de tecnófobos y de antiprogresistas con el pretexto de que reclamamos un “derecho de inventario” sobre el progreso técnico. Esta reivindicación es un minimum para el ejercicio de ciudadanía.
El post-desarrollo y la construcción de una sociedad alternativa no se articulan necesariamente de la misma manera en el Norte que en el Sur.
Simplemente, para el Norte, la disminución de la presión excesiva del modo de funcionamiento occidental sobre la biosfera es una exigencia de sentido común al mismo tiempo que una condición de la justicia social y ecológica.
En lo que se refiere a los países del Sur azotados por las consecuencias negativas del crecimiento del Norte, se trata menos de decrecer (o de crecer, de otro modo) que de reanudar el hilo de su historia roto por la colonización, el imperialismo y el neo-imperialismo militar, político, económico y cultural. La reapropiación de su identidad es un prerrequisito para aportar a sus problemas las soluciones apropiadas. Puede ser conveniente reducir la producción de ciertos cultivos destinados a la exportación (café, cacao, cacahuete, algodón, pero también, flores cortadas, gambas de piscifactoría, legumbres y agrios de fuera de temporada, etc.), como puede considerarse necesario incrementar los cultivos de subsistencia. Se puede pensar en renunciar a la agricultura productivista, como en el Norte, para reconstituir los suelos y sus cualidades nutricionales, pero también, sin duda, emprender reformas agrarias, rehabilitar el artesanado refugiado en lo informal, etc. Les corresponde a nuestros amigos del Sur precisar qué orientación puede tomar para ellos la construcción del post-desarrollo.
En ningún caso el cuestionamiento del desarrollo puede ni debe aparecer como una empresa paternalista y universalista que la asimilaría a una nueva forma de colonización (ecologista, humanitaria…). El riesgo es tanto más importante según como los colonizados hayan interiorizado los valores del colonizador. Incluso si las raíces son menos profundas, el imaginario económico, y particularmente el imaginario desarrollista, es sin duda aún más potente en el Sur que en el Norte. Las víctimas del desarrollo tienen tendencia a no ver otro remedio a su desgracia que agravar el mal. Piensan que la economía es el único medio de resolver la pobreza, incluso aunque sea ella quien la engendra. El desarrollo y la economía son el problema y no la solución; continuar pretendiendo y queriendo lo contrario forma parte también del problema.

Sobrevivir localmente

Se trata de estar atentos a la línea de las innovaciones alternativas, empresas cooperativas en autogestión, comunidades neo-rurales, Lets y Sels, autoorganización de los excluidos en el Sur. Estas experiencias que nosotros proponemos apoyar o promover nos interesan menos por ellas mismas que como formas de resistencia y de disidencia del proceso de incremento de la potencia de mercantilización (l’omnimarchandisation) del mundo. Sin tratar de proponer un modelo único, nos esforzamos por tender en la teoría y en la práctica a una coherencia global del conjunto de estas inciciativas.
El peligro de la mayor parte de las iniciativas alternativas es, en efecto, acantonarse en la primera ciudadela que encontraron, en lugar de trabajar en la construcción y el reforzamiento de un conjunto más vasto. La empresa alternativa vive o sobrevive en un medio que es y debe de ser diferente del mercado mundializado. Es este medio, portador de disidencia, el que hay que definir, proteger, mantener, reforzar y desarrollar por la resistencia. Más que batirse desesperadamente para conservar su ciudadela en el seno del mercado mundial, hace falta militar para ampliar y profundizar una verdadera sociedad autónoma al margen de la economía dominante.
El mercado mundializado con su competencia encarnizada y a menudo desleal no es el universo donde se mueve o donde debe moverse la organización alternativa. Debe buscar una verdadera democracia asociativa para desembocar en una sociedad autónoma. Una cadena de complicidad debe ligar a todas las partes. Como en l’informal africano, alimentar la red de vínculos es la base del éxito. La ampliación y la profundización del tejido portador es el secreto del éxito y debe ser el primer afán de sus iniciativas. Es esta coherencia la que representa una verdadera alternativa al sistema.
En el Norte se piensa primero en los proyectos voluntarios y voluntaristas de construcción de mundos diferentes. Los individuos, rechazando total o parcialmente el mundo en el que viven, intentan poner en marcha otra cosa, vivir de otra manera: trabajar o producir de otro modo en el seno de empresas diferentes; reapropiarse la moneda para un uso también diferente, según otra lógica que la de la acumulación ilimitada y la de la exclusión masiva de los perdedores.
En el Sur, donde la economía mundial, con la ayuda de las instituciones de Bretton Woods, ha excluido de los campos a millones y millones de personas, ha destruido sus modos de vida ancestral, suprimido sus medios de subsistencia, para arrojarlas y amontonarlas en chavolas en los suburbios de las ciudades del Tercer Mundo, lo alternativo es a menudo la condición de la supervivencia. Los “náufragos del desarrollo”, los abandonados a su suerte, condenados a desaparecer por la lógica dominante, no tienen otra elección para resistir que organizarse según otra lógica. Deben inventar, y algunos por lo menos lo inventan, otro sistema, otra vida.
Esta segunda forma de otra sociedad no está completamente separada de la primera, y ello por dos razones. De entrada, porque la autoorganización espontánea de los excluidos del Sur no es, no lo es nunca, totalmente espontánea. Hay también aspiraciones, proyectos, modelos, es decir, utopías, que informan más o menos estos bricolajes de la supervivencia informal. Luego, porque, simétricamente, los “alternativos” del Norte no siempre tienen elección. A menudo, son también excluidos, dejados a su suerte, parados sin derecho a prestaciones o candidatos potenciales al desempleo o, simplemente, auto-excluidos por hastío. Existen sin embargo, puentes entre las dos formas que pueden y deben fecundarse mutuamente. Esta coherencia de conjunto realiza, de una cierta forma, ciertos aspectos que François Partant atribuye a su “central”, es decir, su proyecto de coordinación de las iniciativas disidentes: «Dar a los parados, a los campesinos arruinados y a toda persona que lo desee, la posibilidad de vivir de su trabajo, produciendo al margen de la economía de mercado y en las condiciones que determinen ellos mismos, aquello que ellos estimen necesitar» (La Ligne d’horizon, La découverte, París 1988, p.206)
Reforzar la construcción de esos otros mundos posibles pasa por la toma de conciencia de la significación histórica de esas iniciativas. Han sido numerosas las empresas alternativas aisladas ya reconquistadas por las fuerzas desarrollistas y sería peligroso subestimar las capacidades de recuperación del sistema. Para contrarrestar la manipulación y el lavado de cerebro permanente a los que estamos sometidos, aparece como esencial la constitución de una vasta red para llevar la batalla del sentido.

15 mar. 2009

El post-desarrollo


Red de los Objetores de Crecimiento para un Post-Desarrollo : ROCADe
" No se resuelve un problema con los mismos modos de pensar que lo han creado " Albert EINSTEIN.
La corriente de pensamiento que se refiere al post-desarollo guarda todavía hoy, un caracter confidencial . Sin embargo , tiene una historia, ha nutrido abundante literatura y es representada en varios lugares de investigación y acciones a través del mundo.

Nacido en los años 60 de una reflexión crítica sobre los presupuestos económicos y los fracasos de las políticas de desarrollo, esta corriente agrupa a investigadores y actores sociales que son portadores de experiencias y análisis novadores en el plano económico, social y cultural.

Históricamente, la era del desarrollo sigue la de la colonización comola era de la mondializaciónes el relevo del desarrollo. La occidentalización del mundoy la uniformización del planeta se fortalecen con la acumulación sin límite del capital bajo la dominación creciente de las firmas transnacionales.

A lo largo de los años, unos lazos, muchas veces informales, se han creado entre investigadores y actores sociales, sus experiencias y reflexiones se alimentan mutuamente.. Su aportación es el resultado por una parte, de sus lazos con las prácticas concretas y múltiples y, por otra parte, de una manera de ver que toma en cuenta el conjunto de las relaciones sociales. Pasarelas entre las diferentes formas de conocimientos, las diferentes disciplinas…

La ROCADe pone en el centro de su crítica la noción de desarrollo, que sigue siendo, a pesar de las evoluciones formales que ha conocido, una referencia para todos los que reflexionan sobre el sistema económico mundial. A partir de estas críticas, esta corriente procede a una verdadera de-construcción del pensamiento económico.. Así se plantean de nuevo las nociones de crecimiento, de pobreza , de necesidades, de ayuda, etc…

Estos análisis traen un renacimiento verdadero a unas reflexiones que las evoluciones políticas e ideológicas de estos últimos años ( caída del bloque del Este, social liberalismo, mundialización) habían agotado..

No hay porvenir, cultural y político sostenible y deseable sino más allá de una necesaria decolonización del ideario. Esto significa, para los actores del Sur y del Norte, que hagan conocer las alternativas y las iniciativas de todo tipo para coger las riendas de sus destinos, deshacer el desarrollo y volver a una pluradidad de mundos .

APROPIACION Y PRODUCCION SOCIOECOLÓGICA PARA UN NUEVO MODELO SOCIALISTA.


Dado que el modelo occidental ha demostrado
Su concluyente insostenibilidad a largo plazo,
Podría llegar a decirse que el subdesarrollo es
El estado de los países que todavía no se han
Acercado lo bastante a la insostenibilidad desarrollista.
Ramón Folch



La revolución bolivariana está generando en Venezuela formas desiguales de producción, desarrollo, acumulación y especialización del trabajo y del capital.
Coexisten de manera paralela y muchas veces contradictoria, formas corporativas de capitalismo tales como compañías anónimas nacionales y transnacionales, entidades dedicadas a la especulación financiera y casas de bolsa, con empresas de producción social de propiedad comunitaria, estatal o mixta, formas asociativas de pequeña propiedad de carácter nominalmente cooperativo e inclusive algunas formas experimentales de comunas socialistas. Pareciera que el socialismo del siglo XXI que el gobierno del presidente Chávez aspira construir contempla la coexistencia “pacífica y armónica” de estas formas productivas, por lo menos durante una etapa de transición del modelo capitalista hacia ese socialismo.
Esta coexistencia, dentro de un contexto casi totalmente copado por las condiciones, normas, reglas y leyes del mercado liberal, pareciera poco venturosa para las formas no capitalistas de producción y distribución que alienta el proceso bolivariano.
En el socialismo la finalidad de la producción no es generar ganancias a particulares sino producir lo necesario a los integrantes de la sociedad y hacerlos participar de manera justa y equitativa en la distribución de esos bienes y servicios, exactamente lo opuesto a las reglas del mercado liberal-capitalista en donde la competencia, el ánimo de lucro y la supervivencia del más apto son las fuerzas principales que lo mueven.
Es obvio que en el medio del fragor de la lucha política (a muerte, literalmente hablando) en que está envuelto el proceso bolivariano no es posible aplicar el principio de dar “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”, por ello, las políticas reformistas y redistributivas del gobierno del presidente Chávez han buscado paliar y aliviar las carencias más apremiantes de las clases históricamente excluidas y marginadas mientras se exploran caminos de transición y construcción hacia el socialismo.
Todas las formas mencionadas al principio comparten un mismo modelo de adquisición de los bienes que se sustraen del entorno natural, es decir, el modelo capitalista de apropiación y producción económica.
Este tipo de superposición traumática de modos de producción y de apropiación de la naturaleza no es nueva en nuestros países, españoles y portugueses en un primer momento e ingleses y estadounidenses en los últimos 150 años introdujeron modos de producción extraños a nuestros ecosistemas y culturas autóctonas que produjeron violentas fracturas en sus ritmos, ciclos y procesos.
En Venezuela la intervención, y en muchos casos destrucción de ecosistemas se produjo como resultado de la inserción de su economía en el sistema capitalista mundial de mano de las grandes corporaciones petroleras tales como la Standard Oil of New Jersey y la Royal Ducht Shell. Estas grandes transnacionales incorporaron tecnológicamente al proceso productivo capitalista a bienes naturales, fuerza de trabajo humana y modelos socioculturales autóctonos y ancestrales, modificándolos y en muchos casos dislocándolos y/o destruyéndolos.
La mayoría de las comunidades rurales de la Venezuela de principios del siglo XX (85% de la población) presentaban formaciones económico-sociales no capitalistas (comunitarias, semifeudales y de pequeña propiedad familiar). Estos modos de producción, con sus limitados medios tecnológicos para apropiarse de la naturaleza, generaban pocos daños en ella.
El intercambio mercantil, las nuevas formas de división del trabajo y la reorganización capitalista produjeron severas modificaciones en las formas en que las personas se relacionaban con su entorno, con sus semejantes y consigo mismos, porque, hay que recordarlo, según sea el modo de producción y las relaciones sociales que de él se deriven, así será la estructura social que se forme. H.J. Hardborth escribió a este respecto: “La modernización imitativa en las sociedades periféricas ha significado un progreso muy reducido y ha conllevado, al mismo tiempo, la destrucción de sistemas de economía de subsistencia que tenían la enorme ventaja de estar bien adaptados a medios ecológicamente precarios (1).
La irrupción del modelo capitalista, encarnado en las grandes transnacionales petroleras en Venezuela, fruteras en Centroamérica, estancieras, ferrocarrileras y financieras en la Argentina, mineras en Bolivia, Chile y Perú, agroexportadoras en Brasil y otros países de la región, impusieron un modo de producción únicamente interesado en multiplicar y maximizar sus ganancias, utilizando para ello la apropiación de los bienes naturales y el trabajo humano. La naturaleza (incluyendo aquí al trabajo humano) fue transformada en un objeto del que el capital se apropió para maximizar beneficios. Se cumplía cabalmente lo anunciado por el pensamiento de Marx; a medida que el modo y las formas de producción avanzan en un sentido, el desarrollo de las fuerzas productivas acaba transformando las relaciones del hombre con el medio ambiente, con lo cual aumenta el impacto de la actividad económica sobre la naturaleza.
Hay que acotar que los procesos biológicos de producción y reproducción de los ecosistemas son sobredeterminados por el modo de producción que se instale o se aplique en ellos, por ello, estos se convierten así en objeto de procesos de trabajo y acumulación de capital.
Este modelo cortoplacista, depredador e insolidario fue impuesto por la clase dominante al resto de la sociedad que terminó por asumirlo como propio. Esto produjo catástrofes socioecológicas como la del lago de Maracaibo en donde la explotación petrolera, pero más aun, la imposición de lo que el antropólogo venezolano Rodolfo Quintero ha llamado “la cultura del petróleo”, produjo una “ruptura del metabolismo entre las sociedades humanas y la naturaleza”*. Ruptura que se mantiene hoy en día.
(1) Harborth H.J.: Debate Ecológico y Teoría del Desarrollo. En Teoría y Praxis del Desarrollo. Un Balance Crítico. Icaria. Barcelona.1.989. pp 119
Las ideas, conductas, valores y tendencias ecodepredadoras o ecoindiferentes no están insertas en la sociedad por arte de magia o por designios divinos sino que son producidas por determinadas relaciones histórico-sociales y específicos modos de producción. No puede modificarse la ecosuicida tendencia del capitalismo sin modificar este tipo de relaciones y modos de producción.
El socialismo del siglo XXI debe superar el modo de apropiación de bienes naturales y producción y desecho del sistema capitalista si aspira construir otro tipo de relaciones sociales. Debe intentar recuperar y restablecer la relación metabólica de la especie humana con la naturaleza, rota por el capitalismo.
Nada se logrará con el simple control obrero del aparato fabril y productivo (sin menospreciar en lo más mínimo este logro) si quienes lo toman se asumen a si
mismos en el papel de nuevos “propietarios”, de potentados, de capitalistas; tampoco se avanzará si los modos de apropiación de los bienes naturales y las relaciones de producción, comercialización y desecho no trascienden y superan la lógica del sistema capitalista.
Las preguntas del ecosocialismo del siglo XXI deben ser:
¿Qué se producirá?
¿Cómo se producirá?
¿Cuánto se producirá?
¿Cómo y cuanto se consumirá?
¿Cómo y cuanto se desechará?
Si la producción, consumo y desecho siguen siendo regidas y determinadas por las potentes fuerzas del mercado capitalista, no podrá superarse el orden que establece este modo de producción.
La apropiación, producción, consumo y desecho de bienes deben estar controlados por un orden que privilegie la cooperación, la complementariedad, la solidaridad, y en definitiva, una preeminencia del valor de uso frente al actual predominio del valor de cambio de los bienes. La naturaleza debe ser percibida y tratada en consecuencia como un ente generador de procesos sinérgicos, holísticos e integradores y no como un simple depósito de bienes y materias primas a ser apropiadas.
Si sólo se privilegia el control, la propiedad de los medios de producción, pero no se repiensa y reconstituye el sistema de relaciones sociales y económicas del capitalismo, ningún modelo socialista podrá ser viable; peor aun, empresas de propiedad social, autogestionarias, cooperativas y comunitarias puestas a competir con consorcios capitalistas con las reglas de juego del capitalismo, están condenadas de antemano a ser devoradas por la naturaleza monopólica y excluyente de éste o destinadas inexorablemente a convertirse en clones de estas últimas.
¿Cómo hacer para que los integrantes de estas empresas de producción social, que verán rápidamente incrementados sus estándares y niveles de vida, que en el capitalismo es sinónimo de mayor consumo de cosas, de objetos, la mayor parte de las veces superfluos y con valor de cambio, no terminen siendo furiosos defensores de la ideología capitalista? Porque en el capitalismo, hay que recordarlo, mientras la persona más consume más cree acercarse al modelo o estilo de vida que la clase dominante y su gran industria publicitaria y cultural han creado como sinónimo de felicidad y belleza, es decir , más se identifica con la ideología de la clase dominante.
El enfoque marxista es la guía para transitar el camino desde el capitalismo a un nuevo orden socialista, esto a pesar de que Marx no estableció expresamente una teoría de las formas de transición de un modo de producción a otro modo de producción, sino tan sólo indicaciones y bocetos. Aquí los venezolanos y latinoamericanos tendremos que apelar a nuestras propias raíces, tradiciones y experiencias para construir un modelo más humano, más justo y no ecológicamente suicida como el capitalismo. Pero en ningún caso este nuevo modelo a crear podrá mantener las bases y las contradicciones ecológicas y sociales que el capitalismo conlleva en su propia naturaleza.
Autores latinoamericanos han adelantado estudios sobre este punto, destacándose entre ellos los siguientes: “La Racionalidad Ecológica de las Prácticas Productivas Arraigadas al Estilo de Desarrollo Prehispánico” de Gligo, N y J Morello en Estilos de Desarrollo y Medio Ambiente en la América Latina FCE, México. 1.998. El Modo de Producción Campesino de Toledo, V.M y A. Argueta. En Naturaleza, Producción y Cultura en Una Región Indígena de México: Las Lecciones de Pátzcuro. En Leff/Carabias. pp. 413-443. La Teoría de la Complementariedad Vertical Eco-Simbiótica de Cardaco, R y J Murra. Hisbol, La Paz, 1987. Y La Utopía Andina de Burgos, M. y A. Flores Galindo en Allpanchis. Vol 20, 1.982. Cepal/Pnuma: Sobrevivencia Campesina en Ecosistemas de Altura, 2 Vols, Santiago de Chile, 1.983. Citados por Leff Enrique: Espacio, Lugar y Tiempo: La Reapropiación Social de la Naturaleza y la Construcción Local de la Racionalidad Ambiental. Revista Nueva Sociedad, Número 175. Septiembre-Octubre 2001, pp 28-42.
El ecosocialismo del siglo XXI deberá basar su propuesta en nuevas formas de conciencia productiva. La fuerza productiva no ha de residir ya ni en la tierra, ni en el capital y ni siquiera en el trabajo, sino en el grado de conciencia colectiva, ecológica y social de los trabajadores. Una conciencia planetaria y de especie además de la de clase. Para construir esta nueva racionalidad socioambiental es necesario como dice Enrique Leff “desenterrar las condiciones ecológicas de sustentabilidad y descongelar el tiempo en el que han quedado adormecidos los sentidos culturales, negados y desconocidos por el egocentrismo y la megalomanía de la racionalidad económica capitalista” (Leff Enrique, Ídem).
Este nivel de conciencia debe extenderse especialmente a las formas de apropiación de los bienes que sustraemos de nuestro entorno y de la forma en que lanzamos nuestros desechos en él.

Joel Sangronis Padrón
Profesor UNERMB

Entrevista a Serge Latouche en La Vanguardia



9 de marzo de 2007
"- ¿En qué medida cada repunte de crecimiento mina recursos naturales?
- Lo medimos por la llamada impronta ecológica,que consiste en el impacto que nuestro nivel de vida tiene en el espacio bioproductivo de la Tierra.

- ¿Qué entiende por espacio bioproductivo?
- Es el espacio que nos surte de alimentos, energía, recursos: el planeta tiene 51.000 millones de hectáreas, de las que 12.000 millones son bioproductivas. ¡De ellas dependemos todos los habitantes del planeta!

- ¿Qué parte de ese espacio me nutre a mí?
- Dada la actual población de la Tierra, cada uno deberíamos sostenernos con 1,8 hectáreas de ese espacio bioproductivo.

- Dice "deberíamos"... ¿No es así?
- El actual nivel de vida de los españoles: necesita ¡4,5 hectáreas por persona/ año! para sostenerse. Si todos los habitantes del planeta quisieran vivir como los españoles..., ¡harían falta dos planetas y medio!

- ¿Y si quisieran vivir como los franceses?
- Serían necesarios tres planetas.

- ¿Y como los estadounidenses?
- Seis planetas.

- ¡Seis planetas!
- De seguir creciendo al 2% anual, en el año 2050 la humanidad necesitaría ya explotar ¡30 planetas! como la Tierra para sostener tal crecimiento. Ahora consumimos el patrimonio acumulado por la Tierra en miles de años: hoy quemamos en un año lo que la fotosíntesis tardó 100.000 años en producir.

- ¿Qué deberíamos hacer para frenar esto?
- Volver a una impronta ecológica igual a 1 planeta y no más: o sea, sostenernos con 1,8 hectáreas por persona y año.

- Dicte tres medidas para conseguirlo.
- ¿Sólo tres? Bien. Una: optimizar el uso de la energía, pues el grupo de estudiosos Nega-wat en un informe ha demostrado que en Francia podríamos consumir ¡cuatro veces menos energía! con similar rendimiento.

- Dos.
- Volver a una agricultura ecológica, con abonos naturales y sin pesticidas, y fomentar el localismo agropecuario. Y tres: dejar de derrochar cada año ¡500.000 millones de dólares en publicidad! Esto por higiene espiritual y material: en papel supone 50 kilos de bosque por persona y año."

14 mar. 2009

El decrecimiento es una cuestión de conciencia


Entrevista al filósofo Jacques Grinevald

Los automóviles 'verdes' emanan de una lógica de progreso industrial y de crecimiento y no lograrán curar los males del planeta, sostiene el filósofo Jacques Grinevald.
El profesor en el Instituto Universitario de Estudios del Desarrollo y pionero en el movimiento del decrecimiento responde a swissinfo al margen del abierto Salón del Automóvil de Ginebra.

swissinfo : Los fabricantes de automóviles aumentan cada vez más la oferta de coches 'verdes'. ¿No es peor el remedio que la enfermedad?
Jacques Grinevald: Su lógica está enfocada en las partes de mercado y en el crecimiento. Las grandes empresas ven posibilidades de abrirse nuevos mercados en los países emergentes. Piensan que se avecinan buenos tiempos, que estamos en el inicio de la era del automóvil.
Aseguran que el modelo X o Y es mucho más limpio, y de esta manera hacen todo lo necesario para evitar que el consumidor no establezca una relación con el cambio climático.
Tengo la sensación de que la industria automovilística hace caso omiso de los grandes problemas que se avecinan: la penuria de crudo –las cantidades son insuficientes para satisfacer la avidez del mundo– y sobre todo el cambio climático, que se acelera y ya nadie lo niega.
Los biocarburantes están al orden del día. Pero es ilusorio e irresponsable hacer creer que todo el mundo se habrá recuperado dentro de veinte o treinta años. Hay que alimentar a la población mundial antes de alimentar los coches y las lujosas necesidades de una minoría (los países ricos). Es una elección que nace de la ética, de la conciencia.

swissinfo: Frente a esta lógica, usted respalda y ha sido uno de los artífices de la idea del decrecimiento. ¿Qué se entiende por decrecimiento?
J.G.: El decrecimiento es físico. No se trata de una sociedad de decrecimiento, sino de hacer decrecer los flujos de materia y de energía.
Respecto al automóvil, necesitamos coches menos pesados, que consuman menos gasolina, que tengan menos aceleración y que vayan menos rápido (menos desgaste de los vehículos, menos accidentes). El problema es que esto no interesa desde la lógica del crecimiento.

swissinfo: ¿Es realista y aplicable esta idea del decrecimiento?
J.G.: Personalmente, intento ser coherente con mis ideas. Tengo que admitir que cuando tenía veinte años, me encantaban los coches. Yo soy de la generación del Mini Cooper. A veces sueño con conducir el modelo actual del Mini Cooper, pero me abstengo.
Y recibo no pocas invitaciones. Sin embargo, me niego, por ejemplo, a viajar a Buenos Aires para dar una conferencia de una hora, porque considero que es absurdo.
Algunos jóvenes y también algunos ancianos son conscientes de que nuestra sociedad no es desarrollada, sino excesivamente desarrollada. Es decir, que hemos sobrepasado las capacidades que puede soportar la biosfera.
Esta idea del decrecimiento implica un límite inferior –la miseria o la extrema pobreza– pero también un límite superior – la idea de que hay gente que vive por encima de sus posibilidades, en el sentido ecológico del término.
Se necesita una toma de conciencia, un poco de humildad. Nuestra sociedad occidental, que domina el planeta desde hace varios siglos, se ha convertido en terriblemente arrogante, antropocéntrica. Se trata, pues, de una cuestión de conciencia. Y del sentido que damos a nuestra existencia.
Yo soy docente. Para mí, hay que enfocarse esencialmente en la educación más que en las obligaciones. Hay que evitar caer en un nuevo bolchevismo.

swissinfo:¿En Suiza son contados los defensores del decrecimiento?
J.G.: En primer lugar, la palabra decrecimiento no es un concepto. Es una cosa retórica que nos permite decir: 'Fíjate, ¿y si saliéramos de la lógica del crecimiento?'
Se trata de un movimiento totalmente minoritario y marginal. Pero, a pesar de todo, es uno de los signos culturales que anuncian lo que va a pasar dentro de diez o veinte años.
En ese movimiento hay ayatolás y otra gente que no se da demasiada importancia. El sentido del humor es un factor esencial. 'La gente seria tiene pocas ideas. La gente con ideas nunca es seria", dijo Paul Valéry. Me atrevo a afirmar que esa lógica se aplica también al decrecimiento.

swissinfo: ¿Qué diferencia hace usted entre el decrecimiento y un concepto hoy tan omnipresente como es el desarrollo sostenible?
J.G.: Muchas multinacionales han interpretado el desarrollo sostenible como un crecimiento sostenible, 'ecológicamente bueno'. El problema reside en que el crecimiento económico implica una dimensión física.

En otras palabras: el desarrollo sostenible no cuestiona esta idea de que la riqueza de las naciones es fundamentalmente una riqueza material, en el sentido que la entiende la sociedad industrial.

Entrevista swissinfo: Pierre-François Besson
(Traducción del francés: Belén Couceiro)

Eco-sencillez


Lo que se opone a nuestra cultura de excesos y complicaciones es la vivencia de la sencillez, la más humana de todas las virtudes, presente en todas las demás.
La sencillez exige una actitud de anti-cultura pues vivimos enredados entre todo tipo de productos y de propagandas. La sencillez nos llama a vivir según nuestras necesidades básicas. Si todos persiguiesen este precepto, la Tierra sería suficiente para todos. Bien decía Gandhi: "tenemos que aprender a vivir más simplemente, para que los otros, simplemente, puedan vivir".
La sencillez siempre ha sido creadora de excelencia espiritual y de libertad interior. Henry David Thoreau (+1862) que vivió dos años en una cabaña en el bosque junto a Walden Pond, atendiendo estrictamente a sus necesidades vitales, recomienda incesantemente en su famoso libro-testimonio: Walden, la vida en los bosques: "sencillez, sencillez, sencillez". Afirma que la simplicidad siempre fue el distintivo de todos los sabios y santos. De hecho, extremadamente sencillos fueron Buda, Jesús, Francisco de Asís, Gandhi y Chico Mendes, entre otros.
Como hoy estamos tocando ya los límites de la Tierra, si queremos seguir viviendo sobre ella, necesitamos seguir el evangelio de la eco-sencillez, bien resumida en las tres erres propuestas por la Carta de la Tierra: "reducir, reutilizar y reciclar" todo lo que usamos o consumimos.
Se trata de hacer una opción por la sencillez voluntaria que es un verdadero camino espiritual. Esta eco-sencillez vive de fe, de esperanza y de amor. La fe nos hace entender que nuestro trabajo, por sencillo que sea, es incorporado al trabajo del Creador, que en cada momento activa las energías.
La esperanza nos asegura que si las cosas en el pasado han tenido futuro lo seguirán teniendo en el presente. La última palabra no la tendrá el caos sino el cosmos. Para los cristianos, el fin bueno ya está garantizado pues algunos de entre nosotros, Jesús y María, han sido introducidos corporalmente en el seno de la Trinidad.
La eco-sencillez nos hace descubrir el amor como la gran fuerza unitiva del universo y de Gaia. Ese amor hace que todos los seres convivan y se complementen. En la modernidad, nosotros nos imaginábamos el sujeto del pensamiento y la Tierra su objeto. La nueva cosmología nos afirma que la Tierra es el gran sujeto vivo que a través de nosotros siente, ama, piensa cuida y venera, Consecuentemente, tenemos que pensarnos como Tierra, sentirnos como Tierra, amarnos como Tierra pues, en verdad, somos Tierra, especie homo, hecho de humus, de tierra buena y fértil.
Sintiéndonos Tierra vivimos una experiencia de no-dualidad, que es expresión de una radical simplicidad. Algo de la montaña, del mar, del aire, del árbol, del animal, del otro y de Dios está en nosotros. Formamos el gran todo. Una leyenda moderna da forma a estas reflexiones:
En cierta ocasión, un joven que se iniciaba en la eco-sencillez fue visitado en sueños por Cristo resucitado y cósmico. Le invitó a caminar juntos por el jardín, Después de caminar un buen rato observando encantados la luz que se filtraba por entre las hojas, el joven preguntó: "Señor, cuando andabas por los caminos de Palestina dijiste que volverías un día con toda tu pompa y con toda tu gloria. ¡Pero tu vuelta se demora tanto! ¿Cuándo volverás finalmente, de verdad, Señor?"
Después de unos momentos de silencio que parecían una eternidad, el Señor respondió: "Hermano mío, cuando mi presencia en el universo y en la naturaleza sean para ti tan evidentes como la luz que ilumina este jardín; cuando mi presencia bajo tu piel y en tu corazón sea tan real como mi presencia aquí y ahora, cuando no necesites hacerme preguntas como ésta que me has hecho, entonces, hermano mío, habré vuelto con toda mi pompa y toda mi gloria".
Teonardo Boff-Teólogo