21 may. 2009

BIBLIOGRAFÍA SOBRE DECRECIMIENTO:


· Laura Blanco Grau y Sylvain Fischer, de Entesa pel Decreixement: “El decrecimiento y la oportunidad del declive energético”. Diagonal del 10 de julio de 2008.

· Daniel López Marijuán: “Decrecimiento económico. Una verdadera alternativa a la crisis ambiental”. El Ecologista nº 57, verano de 2008.

· Francisco Fernández Buey: ¿Es el decrecimiento una utopía irrealizable? Revista Papeles nº 100. En la web: www.peripecias.com/desarrollo.

· Ecologistas en Acción: “Menos para vivir mejor: Decrecer con criterios de equidad”. Manifiesto de Valencia, diciembre de 2008.

· Serge Latouche: “Sobrevivir al desarrollo”. Icaria editorial, 2007.

· Serge Latouche: “La apuesta del decrecimiento”. Icaria editorial, 2008.

· Serge Latouche: “Pequeño tratado de Decrecimiento sereno ”. Icaria editorial, 2009.

· Manfred Linz, Jorge Riechmann y Joaquín Sempere: “Vivir (bien) con menos”. Icaria editorial, 2007 .

Simplicidad voluntaria y decrecimiento

Red por el Decrecimiento-Córdoba





¿¡CÓMO HEMOS LLEGADO HASTA AQUÍ!?



En el siglo XIX se introdujo por primera vez la creencia errónea de que en la Edad Media se suponía que la Tierra era plana, concepto que, en realidad, se había dejado atrás mayoritariamente desde el siglo I. Sin embargo, curiosamente, hoy día mucha gente cree que los recursos de la Tierra y del intelecto humano son tan enormes que nuestro crecimiento puede continuar y que no hay peligro porque nunca agotaremos nada. Hoy día seguimos actuando como si la Tierra fuese plana, es decir, ilimitada.
Los autores clásicos estaban de acuerdo, en general, en la idea de la imposibilidad física de mantener un crecimiento ilimitado. Malthus, Ricardo, Mills o Marx conectaban sus teorías con el mundo físico. Fueron la revolución neoclásica y la extensión de la revolución industrial, con el uso intensivo de combustibles fósiles, las que supusieron la eliminación de cualquier preocupación por los límites físicos.
En 1929 se produjo una crisis porque el modelo de funcionamiento del sistema se agotó. El incremento tan elevado de la productividad originó demasiada oferta para tan poca demanda. La solución a esta crisis no llegó hasta la década de los 50, cuando se dotó al sistema de otra forma de funcionar. Los keynesianos proponían que en momentos de estancamiento económico, el Estado tiene la obligación de estimular la demanda con mayores gastos. Así, para impulsar el crecimiento económico se fomentó la producción: a más producción, más dinero, más compras, etc. Estados Unidos y la URSS se alzaron definitivamente como las nuevas potencias de mano de su, por entonces, enorme riqueza petrolífera.
El impulso introducido por estos cambios quedó agotado en los 70, cuando se hizo patente que los recursos hasta entonces despilfarrados, en especial el petróleo, la sangre del sistema, no iban a continuar para siempre aumentando su producción ni, por tanto, con un precio tan bajo como hasta ese momento. Se introdujeron cambios que permitieron mejorar la productividad, desvinculando el crecimiento económico de la creación de empleo. La hegemonía industrial daba paso a la hegemonía financiera en una acelerada carrera hacia la globalización, basada en un transporte sólo posible gracias a la energía barata proveniente del petróleo. Y el desempleo provocado en los países desarrollados por la oleada de deslocalizaciones fue solucionado con un enorme crecimiento del sector servicios, parásito de la depredación de recursos en todo el mundo.
A partir de los ‘60 empezaron a hacerse evidentes los problemas ecológicos que estaba creando el fuerte crecimiento económico iniciado tras la posguerra. Mientras los poderosos aceptaban las premisas del neoliberalismo, las ideas ecologistas fueron teniendo cada vez más aceptación entre la sociedad. Los gobiernos de los países más industrializados se empezaron a ver presionados por la opinión pública a desarrollar una política ambiental. La economía ortodoxa no pudo seguir manteniendo la supuesta incompatibilidad entre economía y ecología, porque ello supondría la necesidad de sustituir el modelo económico por otro. Como este planteamiento resulta inaceptable para los defensores del sistema, se comenzó a defender la compatibilidad entre crecimiento ilimitado y protección de la naturaleza.
“Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años”, decían los autores de “Los Límites del Crecimiento” en 1972, un informe que precedió al comienzo de la era de las conferencias y cumbres sobre medio ambiente a nivel mundial. En 1987 el Informe Brundtland formaliza por primera vez el concepto de desarrollo sostenible.
Mientras se introducían los últimos cambios para seguir manteniendo el ritmo de crecimiento, incitando al hiperconsumo, facilitando el hiperendeudamiento con créditos con unos tipos de interés excepcionalmente reducidos, el desarrollismo se renombró como desarrollo sostenible, pervirtiendo todo lo bueno que pudiese haber tenido el primigenio significado de este concepto y utilizándolo como un lavado de imagen del crecimiento. Lo cierto es que el resultado de cualquier programa de desarrollo que no abandone las ansias de crecimiento es la insostenibilidad. Y será así incluso en el caso de que el programa incluya la palabra “sostenible”, porque lo que la tecnología ahorra (eficiencia) –y si el total es lo que cuenta- se ve enormemente superado por el continuo aumento del consumo y producción de unidades (efecto rebote).
Ahora o dentro de pocos años nuestras sociedades se verán bloqueadas por un techo energético producto de su propio desarrollismo. Un desarrollo acelerado gracias a la disponibilidad energética barata y accesible que hemos tenido hasta ahora y que ha provocado que entre 1800 y 2000 la población se multiplicara por siete, pasando de 900 a 6500 millones de personas…
Esta depredación de recursos y el consiguiente problema ambiental han sido relegados siempre a un segundo plano porque este mismo modelo ha utilizado la excusa de que sólo él garantiza el progreso social y la mejora de la calidad de vida. En definitiva, su máxima de que “más es siempre mejor”, nos lleva a perdonar u olvidar la catástrofe medioambiental que estamos señalando. Sin embargo, en situaciones como la actual (crisis), se evidencia más que nunca que incluso ese desarrollo socioeconómico, el paraíso del consumo, no existe ni existirá, pues ahora vemos que no puede garantizar lo importante, las necesidades reales: vivienda, educación, sanidad, empleo, tiempo, bienestar social y medioambiental, etc. Y hace a penas unos meses, cuando el sistema presumía de su fortaleza, a nadie se le debe olvidar que generaba precariedad laboral, imposibilidad de acceder a una vivienda y mucho, mucho endeudamiento familiar (que hoy se traduce en desahucios y préstamos que nos ahogan).
Por eso, a poco que nos paremos a pensarlo, este modelo depredador del Planeta ni siquiera puede decir que lo hace para que vivamos mejor, pues hoy y ayer el modelo del falso paraíso nos genera inseguridad (para el futuro), despidos masivos (hoy), imposibilidad de conciliar la vida laboral y familiar (para siempre), hipoteca-endeudamiento-desahucio y Guerra al Planeta.
Puede que salgamos de esta crisis económica, pero si no cambiamos el rumbo dicha salida será más aparente que real, puesto que las causas fundamentales van a seguir ahí: espiral de abuso de los recursos y de desprotección social. La crisis es por tanto una oportunidad para pensar hacia dónde nos han querido llevar: En un momento de parón de la máquina económica podemos dirigir mejor su nueva dirección; en este sentido, la movilización ingente de recursos que se está produciendo desde las instancias públicas debe servir para reorientar la economía hacia otro paradigma que no necesite el crecimiento (con el consabido abuso continuo de recursos e inseguridad social). Es decir, centrar los recursos colectivos no en mantener la misma industria contaminante, sino en un sistema sostenible; no en apostar por mantener el crecimiento del consumo, sino en cambiar radicalmente, reduciendo nuestro consumo de energía y materiales.
En resumidas cuentas, ahora que toca decidir cómo salimos de la crisis económica y evitamos el colapso ambiental próximo, es quizás una buena oportunidad de cambiar el modelo y los objetivos sociales, y comprender que garantizadas esas necesidades reales, no por tener más se vive mejor, sino más bien, más ahogado e inseguro. Este sistema nos ha impuesto la materialización y comercialización de la felicidad, haciéndonos creer que por tener más cosas y consumir más seremos felices, queriendo ocultar que al ser su finalidad el lucro empresarial y no la satisfacción de la gente, se ha tratado siempre de forzar la producción (y el consumo) y no de recortar el trabajo penoso, haciendo que los inventos ahorradores de trabajo (maquinaria, robotización, etc.) acentúen la dicotomía entre trabajo y paro, en vez de ampliar el tiempo libre y el disfrute de la vida, como hubiera sido deseable para la mayoría, y por tanto a costa de socializarnos cada vez menos, de dejar en la cuneta a nuestros ancianos y desdeñar la crianza, de no tener tiempo ni para estar con los hijos de uno, sencillamente porque estas cosas, que nos producen satisfacción y cubren importantes necesidades no suponen gasto y no pueden comercializarse, y por tanto, no pueden obtener beneficio de ello…
La cuestión es pues qué dirección seguir para salir de este falso paraíso que nos han vendido. Los adalides de este modelo, los mismos que nos han llevado al caos medioambiental y a la crisis económica actual, vuelven, aunque con palabras más amables, con sus recetas de siempre (más crédito, más consumo, más contaminación,…). Ahora este mensaje consumista y desarrollista se adereza a veces con metas altruistas: qué va a ser de los trabajadores del automóvil si no seguimos comprando nuevos coches, aunque ya no quepan casi en las calles; qué va a ser de los que trabajaban en la construcción si no seguimos comprando viviendas, aunque España sea ya el país que más costa y sierra ha perdido por el ladrillo (con el consiguiente menor interés turístico por nuestra tierra, claro) y el que cuenta con más viviendas per cápita de toda Europa pero que estén en buena parte vacías (pese al problema de falta de vivienda digna de jóvenes, mayores y familias)…
Atajar el problema de sobrevelocidad que tenemos pasa por abandonar la obsesión intrínseca de este sistema por el crecimiento. Creemos como Einstein que “no puede resolverse un problema pensando de la misma forma que cuando fue creado”, por eso defendemos la necesidad de una alternativa, de una referencia que nos saque de esta espiral, y esta para nosotros se llama decrecimiento con equidad…

EL DECRECIMIENTO
Conforme a los datos que hoy se manejan (capacidad del Planeta para absorber los residuos que generamos, recursos existentes, etc.), el decrecimiento no es una opción, es una necesidad y en el futuro una realidad (ante el agotamiento de recursos y la crisis global). Sin embargo, para evitar las negativas consecuencias medioambientales y sociales que se pueden avecinar, lo razonable y humano es que lo planifiquemos para que no se convierta en un caótico “sálvese quien pueda” (como ocurrió en Argentina hace unos años y antes con la desintegración de la URSS). En definitiva, que decrezcamos con equidad.
El decrecimiento con equidad es una propuesta nueva, distinta a las hechas hasta ahora y basada en la realidad social y medio ambiental que hoy conocemos. Todos los regímenes modernos han sido productivistas: repúblicas, dictaduras, sistemas totalitarios, hayan sido los gobiernos de derecha o de izquierda, liberales, socialistas, populistas, socioliberales, socialdemócratas, centralistas, radicales, comunistas. Todos han hecho del crecimiento económico la piedra angular de su incuestionable sistema. Y ninguno de esos modelos o sistemas sociales y económicos que hemos tenido hasta el momento puede sostenerse con los datos medioambientales que hoy tenemos, ninguno, y menos el actual estado de desarrollismo capitalista. La realidad deja fuera de dudas la imposibilidad de seguir por el camino que hemos trazado hasta ahora, pues el Planeta no puede sostener el nivel de consumismo, producción y residuos que tenemos, es simplemente imposible, pues necesitaríamos 2 o 3 planetas Tierra (¡y sólo hay 1, ¡¿o es que no nos enteramos?!); eso sin contar con la conflictividad y violencia en la que se basa el actual e injusto reparto de la riqueza y los recursos.
Por esto, esta propuesta pasa por el decrecimiento de quienes ya hemos crecido demasiado. Significa que los países sobredesarrollados tendremos que recortar drásticamente nuestro consumo de recursos y producción de residuos hasta acoplarlos a la capacidad de producción y reciclaje de la naturaleza.
Pero no en todo se tiene que decrecer ni de igual forma. Se trata de centrar los recursos colectivos no en mantener la misma industria automovilística, sino en posibilitar un sistema de movilidad sostenible; no en la creación de empleo en la construcción, sino en revitalizar un mundo rural agroecológico; no en apostar por las energías renovables para mantener el crecimiento del consumo, sino para cambiar radicalmente nuestra matriz energética; no en redoblar las apuestas por el desarrollismo en todos los países, sino en "desdesarrollarse", es decir, en quitar de nuestro camino (especialmente de los países del Sur) los obstáculos para florecer de otro modo. Sólo así las personas que viven en la miseria podrán aumentar sus niveles de consumo de recursos y de generación de residuos para alcanzar los mínimos para tener una vida digna, pues las más urgentes carencias de los del Sur vienen provocadas por los excesos del Norte. Sólo así dejaremos sitio en este planeta al resto de especies
Es decir, la propuesta del decrecimiento con equidad no implica que todo el mundo decrezca ni que decrezcamos en cualquier cosa, sino que el decrecimiento busca la equidad en la austeridad. Es comprender que vivir mejor es vivir con menos.
Hay que empezar a desenmascarar la trampa y reconocer que crecimiento del P.I.B. no es sinónimo de bienestar. Hay que guiarse por objetivos concretos (lo importante: vivienda, alimentación, educación, empleo, etc.), no subordinarse a los instrumentos-medios. Es por tanto apremiante pasar de una economía del dinero y de las cosas a una economía de las necesidades
El decrecimiento con equidad pretende también y ahora dar solución concreta a las cuestiones reales y actuales, afrontando de cara el problema ambiental y social en el que nos encontramos, y evitar que sean otros (tercer o cuarto mundo, seres vivos, etc.) o nuestros hijos los que se encuentren con el gran caos al que nos lleva el actual modelo basado como hemos visto en planteamientos obsoletos de hace siglos, cuando se creía que los recursos eran ilimitados y la felicidad simplemente consumir y comprar…
El decrecimiento con equidad se puede concretar en acciones entorno a:
1. Revaluar (revisar nuestros valores: cooperación vs competencia, altruismo vs egoísmo, relaciones personales vs relaciones de consumo, etc.).
2. Recontextualizar (modificar nuestras formas de conceptualizar la realidad, evidenciando la construcción social de la pobreza, de la escasez, etc.);
3. Reestructurar (adaptar las estructuras económicas y productivas al cambio de valores);
4. Reducir (limitar el consumo a la capacidad de carga de la biosfera);
5. Reutilizar (contra el consumismo, tender hacia bienes durables y a su reparación y conservación);
6. Reciclar (en todas nuestras actividades).
7. Relocalizar (sustentar la producción y el consumo esencialmente a escala local);
8. Redistribuir (el acceso a recursos naturales y las riquezas); así tenemos miles de naves, casas y locales abandonados, por citar dos ejemplos sintomáticos. Con todo lo que el sistema actual infrautiliza podemos generar millones de puestos de trabajo para gente que no tiene.
Pero para que este movimiento pueda conseguir su objetivo, debe conseguir dos cosas muy claras pero de largo alcance:
– Dar soluciones prácticas a la gente común que está siendo afectada por esta crisis. A la gente que lo más importante que tiene en la cabeza es darle de comer a sus hijos. Estas propuestas sobre el terreno deben demostrar a pequeña escala la solidez de la propuesta de cambio social que estamos proponiendo.
– Construir una oposición social valiente, con un discurso claro que permita que en el imaginario social entre con fuerza la idea que hay otro estilo de organizar la sociedad, que con toda su complejidad y varientes es el único estilo viable para nuestro futuro y que la crisis capitalista supone el mejor momento para hacerlo.
Aunque como hemos dicho el decrecimiento es sistémico (no individual, sino que se refiere a todo el modelo: modelo de producción y organización económica y modelo de consumo), en el sistema actual, en el que los medios de producción-comercialización son casi siempre de otros (grandes patronales y empresas), la ciudadanía puede empezar por el consumo, reducirlo y hacerlo de manera colectiva y planificada. Creemos que existen personas, grupos y colectivos, que pueden sentirse identificadas en esta propuesta, y con ellas queremos ir haciendo camino, construyendo esta campaña de manera sectorial y dirigida a la gente en un momento como el actual. No queremos dejar el caos para el sur y las futuras generaciones y no queremos la solución de manos de los mismos que han pensado el problema.



17 may. 2009

ULTIMAN UN MODELO DE PUEBLO SIN DEPENDENCIA DEL PETRÓLEO

http://www.diariocordoba.com/noticias/noticia.asp?pkid=483625